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Para que los ricos puedan dormir

Arturo Guerrero

20 de agosto de 2021 - 12:00 a. m.

Si de países desiguales se habla, Colombia estaría en el podio. Los más pocos de los pocos acumulan las hectáreas, los movimientos bancarios, las acciones de las empresas, los cargos políticos, las utilidades de todo lo que se mueve. Entre tanto, los muchos de los muchos se revientan el alma intentando salir adelante.

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Ahora bien, pedir igualdad no es repartir el ponqué que hoy disfrutan los ricos y sus adláteres. No, no se trata de hacer una operación aritmética de división entre los cincuenta millones de habitantes, para que a cada uno le corresponda una cantidad igual del dinero nacional.

Eso sería incluso indignante, una limosna, una repartija cursi de billetes de cien mil, tirados desde el balcón de la casa presidencial. Nadie sensato aspiraría a eso. ¿Quién le pondría orden a semejante tumulto de desesperados que terminaría en matanza generalizada? En estas sangres somos expertos.

Esa falsa solución pasaría por una palabra que pone a temblar a los poderosos: ¡expropiación! Nada le duele más a un potentado, que el bolsillo. En entrevista de televisión de hace 27 años, el poeta William Ospina dibujó cómo se vive con nuestra distribución de la riqueza: “Aquí los pobres no pueden comer, los de clase media no pueden comprar y los ricos no pueden dormir”.

¿Qué le quita el sueño a esta clase privilegiada? Pues perder de repente sus haberes. Le tienen pavor a la confiscación, como la de países donde alguna revolución estatizó la economía. Por eso viven muertos de miedo, se aferran a las tanquetas militares, tienen listos sus giros a los paraísos fiscales.

De modo que esta medida está desprestigiada por la historia. Ha erizado los ánimos y aumentado la violencia. El miedo es el sentimiento detrás de las tropelías, de un lado y del otro en que está separada la población.

Así, lo que se ha de buscar no es la igualdad de recursos, sino la igualdad de oportunidades para acceder a esos recursos y a los bienes necesarios para pasarla bien. Lo que está mal repartido es la posibilidad de estudiar, de trabajar, de vivir con la dignidad propia de un ser humano.

El partidor de la carrera de la vida no es hoy el mismo para todos. Las ventajas se concentran para favorecer a unos pocos. Los demás no llegarán a la meta, con suerte algunos triunfarán luego de sacrificios inenarrables. En definitiva, es imperioso tener igualdad de oportunidades.

Los colombianos somos recursivos, dinámicos, trabajadores, nos recuperamos rápido de las tragedias. Así que si se abren las puertas, si el papeleo lo permite, si la corrupción no se lleva el botín, si los delfines y recomendados no arrebatan lo mejor de la torta, cada emprendedor tendrá su premio.

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Un país donde cualquiera logre acariciar, no solo el “salir adelante”, sino el vivir en bienestar, tranquilidad y realización personal y familiar, será por fin una patria. Un lugar donde ser feliz no sea quitarle al otro ni engañar al otro ni pujar para que al otro le vaya mal.

arturoguerreror@gmail.com

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