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En los debates preelectorales los candidatos no ven a sus rivales, se ven a sí mismos. Necesitan a los demás para destruirlos, por eso llevan fotos cuando estos no asisten. Los toman en cuenta para que el público no los tome en cuenta. Por lo tanto, para brillar ellos mismos.
Un tuit reciente de Santiago Craig (@elsanticrei) los dibuja bien: “No conversan, cada uno espera su turno para escucharse hablar. Cada vez más eso. En las reuniones de gente, en los libros”. Los políticos copian sus usos oratorios, de esta costumbre ensimismada y enquistada en la sociedad. Son así porque somos así.
Se acabó el arte de la escucha. En Japón hay viejos que se sientan en los parques para que los desesperados les cuenten lo que nadie quiere oír. Les regalan la limosna de una atención, les dan la oportunidad del desahogo. No son confesores, son oidores. Suministran lo que escasea en las reuniones habituales cuando todos gritan, ninguno pone cuidado. Cada uno administra su versión como si fuera la única verdad.
El escritor argentino de aforismos Antonio Porchia profundiza en esta anomalía que carcome la comunicación: “el hombre lo juzga todo desde el minuto presente, sin comprender que solo juzga un minuto: el minuto presente”. ¡Ah!, la brevedad de cada verdad que tiene tantas caras como instantes.
Debatir es combatir, tienen la misma raíz: batir. De ahí vienen también embestir, abatir. Un debate es un altercado, un forcejeo. El origen de estos términos es bélico. La figura más acertada serían los torneos a caballo, en los que el perdedor era echado por tierra luego de dar vueltas como un torno. En estas luchas medievales solo hay un vencedor.
Otra es la situación cuando se trata de divergir entre ideas. La diversidad de opinión agrega riqueza y puja por completar el prisma que es toda realidad. En este caso no hay perdedor. Ambos polemistas examinan con esmero los pros y contras de una cuestión, hasta llegar a una especie de evidencia compartida.
Hacia el año 600 antes de nuestra era, lo había formulado el filósofo chino Lao-Tse: “el sabio siempre gana porque no compite”. Los candidatos, al contrario, son autistas porque viven en constante pugna por ser el único. Y siempre pierden, incluso el que gana, pues se echa encima la carga de defender con las uñas el tris de botín que arrancó a costa de los otros.
Mucha de la responsabilidad por la sordera general se debe a las redes sociales. En su origen le trajeron al mundo la diversidad en una pantalla. A la postre se han convertido en cajones donde se encierra la inteligencia de los ciudadanos, según sus gustos y opiniones. Para eso sirven los algoritmos, para clasificar en compartimentos estancos la múltiple mente de la gente.
Así, cada persona termina reaccionando de acuerdo con el grupo de sus afines. Estos son espejos de sí misma. Cada red es una celda donde conversan los mismos con las mismas. No ven a sus vecinos, se ven a sí mismos. Igual que los políticos, enclaustrados en las jaulas de sus egos e intereses.
