No todo será negativo en 2026. Si es que para entonces todavía queda en pie un país, si es que los bandos enfrentados escuchan el llamado a la reflexión y autocrítica que hizo la funcionaria más poderosa. Como están hoy las cosas, las siguientes elecciones presidenciales marcarán un relevo en el color de los triunfadores.
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Tal vez del rojo se volverá al azul. La oportunidad de girar racionalmente el timón se habrá malogrado. La cabeza del Estado fue consciente de no tener el poder sino solamente el gobierno. Así lo expresó, pero su talante no le dio para actuar en consecuencia. Quiso tomar el cielo por asalto, sin haber conocido el camino y los modos.
En consecuencia, pisó el acelerador a nombre de los siempre olvidados, pero olvidó que su mandato tenía que ver con toda la sociedad. Muchos olvidados y un solo olvido. He ahí la proporción de su soledad.
Los que habían perdido las elecciones, tenían el bagaje de doscientos años de experiencia. Se les había ido la mano, obviamente. Engordaron en exceso, mientras a los otros se les veían los huesos. Pero dos siglos de escuela y de práctica les habían concedido grados y posgrados en el arte y técnica de manejar el caprichoso potro gubernamental.
Usaron y, sobre todo, abusaron de este privilegio. Establecieron castas hereditarias, parcelaron para ellos tierras sustanciosas, se llevaron dineros jugosos a paraísos de engorde. Así crearon un país de dos pisos, en el de arriba los patronos, en el de abajo los subordinados. Y se comieron el cuento de que su destino tenía consagración insuperable.
Obviamente el país creció, se modernizó, se volvió apetecible para el turismo. Solo que la estructura de desigualdades quedó congelada. Fue entonces cuando, tras levantamientos callejeros con atenciones quirúrgicas de la policía, se produjo el cambio formal en las riendas estatales.
Así el rojo sucedió al azul. El problema vino cuando la nueva conducción pensó aplicar su cartilla teórica a la turbia realidad real. Y cuando el rutilante mandatario experimentó las delicias de los foros internacionales, trasladó a ellos su experimentado verbo parlamentario, dio cátedra sobre la enfermedad del planeta, quiso extender la vida a dimensiones aeroespaciales y con ello colgarse un premio Nobel.
Esta historia, que parece una tragedia para Shakespeare, se condimentó con propuestas legislativas que pisaron los callos de los ganadores de siempre. Y estos desencadenaron todos sus modales centenarios para torpedear al novel jerarca, hasta el punto de poderse conjeturar que a lo mejor en 2026 del rojo se volverá al azul.
¿Por qué ante esta perspectiva no todo será negativo? Sencillamente porque la experiencia bicentenaria de los azules podrá hacerles recapacitar. Recordarán los estallidos de la llamada primera línea, las pequeñas revoluciones que protagonizaron los encapuchados, y retomarán el gobierno con guantes de seda, mayor conciencia social e incluso con el propósito de que esta Colombia de todos deje de ser uno de los países más desiguales del mundo.