22 Oct 2021 - 5:30 a. m.

Puentes festivos y disfrute de la vida

El fin de semana anterior, 18 de octubre, se desgranó la temporada de puentes festivos. Quince días después vendrán dos en noviembre, separados entre sí por quince días también. Dos semanas largas más tarde llegará el 8 de diciembre, miércoles festivo, que en otras dos semanas largas empatará con Navidad, Año Nuevo y el segundo lunes de enero, otro día sin la brega y el horario.

Esta es la segunda tanda de vacaciones instantáneas incrustadas en mitad de la molienda de la fábrica. La primera es a mitad de año, con las fiestas graneadas de san Pedro, san Pablo, san Juan y otros seres de los altares. La Semana Santa es distinta: son diez días continuos, salvados para la molicie gracias a los dioses del trópico.

¿No son los puentes responsables de la disposición colombiana al disfrute de la vida? Este país es campeón en incidencia de estos lapsos entre viernes y martes. La gente los aprovecha para armar paseos de olla, chapuceadas en piscina, rumbas caseras, zambullidas en el mar. Todo, chispeado con alcoholes y cervezas.

Es significativo el nombre de “puentes”. Un puente es un burladero sobre el peligro del agua. De madera, de concreto, de láminas metálicas o de lianas trenzadas, los puentes se cruzan por el aire, abren la vista sobre parajes esquivos a ras de tierra. Son un vuelo sin alas para gente uncida al arado, a la máquina, al escritorio, al timón de la productividad.

Lo interesante de estos festivos transitorios, de la Ley Emiliani, radica en ser vacaciones en miniatura y no exigir la parafernalia preparatoria de las largas jornadas anuales cuando trabajadores y estudiantes descansan por obligación. Se asemejan a una infantería de marina o a una guerra de guerrillas, ejércitos móviles en medio de los que subsistimos o morimos los colombianos.

Un puente se improvisa, se salva con un chingue, un asado, protector solar y mucha música de los mágicos compositores que pululan en cada departamento. Hay que armar el parche, por supuesto: amigotes, noviecitas —o amigotas, noviecitos, para ser inclusivos—, el infaltable perro de la modernidad, los vecinos con carro. Todo muy a la mano, si falla uno lo reemplazan tres.

Allá, en el destino de naturaleza y otro clima, aguardan los masajes. Son fricciones sin manos, es la tierra caliente que llena cada poro, es el olor a flores que espera desde Adán y Eva cuando niños, es el zumbido anochecido de las chicharras y la saudade de la cucharita de hueso que se le perdió al campesino.

De regreso a las capitales, los puenteros —¿sirve el neologismo?— descubren que tienen veinte años menos, como le recetó el médico a El coronel no tiene quien le escriba. Se felicitan de haber desterrado ese terco dolor de espalda en todo el cuerpo. Aspiran y espiran como si, íntegro, el oxígeno de la atmósfera fuera su propiedad privada.

Surge entonces el tiempo de la resiliencia, el desquite de los sobrevivientes frente a la historia repleta de políticos.

arturoguerreror@gmail.com

Temas relacionados

Festivos
Comparte: