Bogotá es un edificio en construcción. Por donde uno se movilice, van alzándose viviendas, bodegas, centros comerciales, colmenas que aguardan su asignación de habitantes recién nacidos al XXI.
El horizonte de cerros orientales, parques, sabana de casas de dos pisos, ha sido abolido. Los optómetras quizás hayan observado cambios en la lejanía abarcable por la vista. Ya no hay larga distancia, el ojo se adaptó al chato panorama empalizado.
Los antiguos andamios de madera que sostenían en marañas las estructuras verticales se cambiaron por enjutas varillas anfitrionas del concreto. Las planchas que dan fortaleza a los pisos se extienden como mantequilla sobre láminas metálicas. Todo lo sólido se desvanece en el aire.
Miríadas de obreros, dotados con rigor fosforescente de cascos y uniformes, hormiguean de arriba a abajo con sorprendente parsimonia. Uno pasa y no los ve trabajando. Vuelve a pasar y de súbito una mole que brilla está ahí, como creada de la nada.
En el santoral del comunismo –cuando había comunismo-, se adoraba a la clase proletaria u obrera. Irían a proclamar dictadura para que emergieran hombres nuevos. Su Vaticano era la Unión Soviética, hoy Rusia. De aquella confesión no quedó sino el apodo de ´rusos´ para estos constructores.
Los más cotizados entre los patrones son los afrocolombianos. Madrugan, son fuertes, alegres, eficaces. Bajan del Transmilenio mucho antes de las siete de la mañana, caminan con morrales. Siempre van en grupo, como las monjas –cuando había monjas– o como los japoneses y coreanos.
Entre el fútbol y la siesta remontan el mediodía estas tropas de atuendos profanados y botas rucias. Nadie sabe de dónde sacan fuerzas para patear pelotas en la mitad asoleada de sus jornadas desagradecidas. Tal vez de la ilusión de forjarse como James y algún día conducir un Maserati.
El casco vale de almohada y de cofre para almacenar ensueños de mejor vida, no para ellos sino para sus hijos. Luego de desocupar el portacomidas sancochado, se tienden en un retazo de césped o sobre el cemento de la acera, y en enjambre con sus compañeros ingresan a la muestra gratis de la muerte.
Los trabajadores colombianos son los mejores de la Vía Láctea. Cursaron las universidades de los ancestros que desde niños les transmitieron el arranque del rebusque. Saben lo que ignoran los arquitectos.
En cualquier parte del mundo los aprecian como oro. Pero no tienen cómo llegar a cualquier parte del mundo. O no saben que los aprecian. O cualquier parte del mundo es para ellos la tierra de donde fueron desplazados y donde quedaron insepultos sus terrores.
Como ya perecieron suficientes veces, no aplica para ellos este verso de 'Construcción': "murió a contramano entorpeciendo el tránsito". En cambio sí habla de sus bríos aquello de "alzó en el balcón cuatro paredes sólidas/ladrillo con ladrillo en un diseño mágico".
Chico Buarque: así se llama la deuda que tiene esta capital con sus rusos. Que lo traigan para que les cante "cual si fuesen príncipes".
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