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Esas bombas no caen solamente sobre edificios y calles que revientan. No, esas bombas estallan en nuestros cerebros. Vuelan en videos a través de la red virtual mundial, retumban y dejan sus esquirlas en la delgada capa espiritual del planeta entero. Hoy no hay guerras localizadas, hay solamente una guerra mundial, tercera y última.
La gente se conecta a internet en busca de noticias y distracción. Recibe este par de insumos igualmente adictivos. Es imposible sustraerse al minuto y medio completo en que le suministran la hecatombe como si fuera película de acción. No importa a cuántos miles de kilómetros sucede la acción, esa matazón electrizante acaba con la paz interior de los habitantes de este globo doliente.
Al retirarse de la pantalla, grande o chica, el espectador siente vacilar los cimientos de su propia estabilidad. Ha sido inoculado con el germen del pavor. Así es esta nueva guerra orbital: recluta a sus combatientes sin obligación de darles armas ni cascos ni maletín de primeros auxilios.
Su guadaña daña la seguridad que cada ciudadano tiene en el fondo de su alma. Lo deja desvalido, en medio de sus semejantes que también se encierran erizados en las cuatro paredes de su intimidad. Esta guerra la tienen ganada quienes la decretaron y financian, pues su población objetivo está desorganizada, inerme, empavorecida.
Cada individuo está cada vez más aislado, no siente ganas ni de asomarse a la ventana pues nadie le garantiza que ese pájaro que atraviesa el aire no sea un misil que le apunta. Todos se refugian en sus miedos, se blindan con soledades que a la larga vuelven polvo su alegría de vivir.
La pandemia preparó este camino, acuarteló a la gente en el seno de sus hogares e instaló el monólogo como aliado. En las recientes semanas este retraimiento está pasando la cuenta de cobro, porque viene acompañado de paranoia. La guerra Rusia-Ucrania todavía se debatía entre ejércitos regulares, parecía escaramuza de las dos primeras mundiales.
Pero la actual conflagración Israel-Palestina se parece demasiado a nuestro Tercer Mundo. Sus cohetes nos son altamente familiares, sus casas y edificios demolidos quedan en nuestros barrios de clase media baja, sus soldados verdes gritan y golpean como los que atrapan guerrilleros en nuestros campos.
Por eso la destrucción que muestran los videos instantáneos entra con mantequilla en los surcos cerebrales criollos. Los hospitales aporreados en el Oriente Medio son copia de las UCIS que se abarrotaron aquí. Todo estaba a punto para que los ataques de por allá conmovieran las fibras de por acá.
Hoy los siquiatras no dan abasto recetando a tantos solitarios conmocionados. Hoy los jóvenes y niños están desganados de esta vida y de traer nuevas vidas a esta vida. Estamos sufriendo el genuino estado de conmoción interior. Solo el arte podría devolver algunas migajas de bienestar. De lo contrario, el país y el planeta serán pasto de gavilanes.
