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En el mundo interconectado de hoy, estamos menos conectados que antes. Eso sí, contamos con más artilugios de contacto instantáneos, pero de tú a tú somos más islas. Los aparatos son los que se comunican, no los humanos. Sufrimos de una ilusión, creemos que, porque con un clic tenemos a la vista mensajes de cientos de personas, estas pasan a ser gente de nuestro corazón. Al contrario, mientras más lejos logran ir las redes sociales, sufrimos de mayor soledad. Nos sumergimos a diario frente a pantallas grandes, medianas y pequeñas, en mundos turbulentos. Así conseguimos la apariencia de estar acompañados, pero estas comunicaciones son yertas, permanecen instantes en el espacio virtual sin que logren consolidar virtudes.
Más arropados estaban los mayores gracias a la tibieza de un hogar poblado y de unos pocos y entrañables amigos. Cuando no había conexiones inalámbricas, los nexos eran menos multitudinarios, pero definitivamente cordiales. Familias y amigos mantenían una complicidad que se extendía generalmente a lo largo de la vida.
Hoy estamos inmersos en más ruido y en menos compañerismo. Basta una mirada a las fiestas en recinto cerrado para celebrar conmemoraciones como cumpleaños, grados o despedidas. Al comienzo toca un conjunto de música tradicional que prende la parranda. Luego de un rato melódico, los intérpretes se van y dan paso a grabaciones. Es cuando irrumpen potentes parlantes que muelen voces, tambores y ritmos repetitivos. Muchos ya no bailan sino ejecutan brinquitos eléctricos. El ambiente se vuelve paradójicamente inaudible, los oídos aguantan decibeles insufribles. Y así corren las horas en paradójica incomunicación. La técnica ha ahogado el abrazo. Los organizadores están orgullosos de lo bien que está resultando la rumba. No advierten que en realidad se ha sofocado la posibilidad del abrazo y del susurro al oído. Se ha impuesto la técnica por encima del contacto humano celebratorio. En realidad, mientras más ruido, menos sutileza.
Hemos llegado al colmo de considerar que la multitud acompaña más que la gracia. Las personas naufragan de soledad en medio de la muchedumbre y de incomunicación rodeados de cables, luces que ciegan y artificios inalámbricos. La cantidad y la bulla han sustituido al ingenio y la delicadeza. La técnica ha facilitado la vida cotidiana, al tiempo que ha introducido la fórmula para sabotear esa vida cotidiana. Los desmirriados habitantes de esta modernidad padecemos por ello enfermedades mentales, desgano de vivir, deseos de suicidio. Los jóvenes, recién llegados al berenjenal, entran al tráfago pensando que este mundo de locos es la normalidad. Y se adaptan, a costa de quién sabe qué nuevas clases de disturbios cerebrales.
Habría que recurrir al silencio ilustrado, a la música del encantamiento, al secreto de amor formulado al oído y al abrazo que no es dable en muchedumbre pues solo contamos con dos brazos y un pecho sensibles.
