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3 Sep 2021 - 5:00 a. m.

“Suma paz”: “Papá, pum pum”

Una anécdota revela la combustión interior de Mario Calderón, de cuyo asesinato junto a su esposa se cumplirán 25 años en mayo del 2022. A finales de los 70, estudiante en París, estaba amarrando en los Campos Elíseos un pasacalle contra Turbay Ayala que viajaba por Europa. Dos policías lo detuvieron.

Cuenta Francisco de Roux que “él les habló con tal convicción de las torturas que se hacían en Colombia que los policías terminaron llorando, lo dejaron libre y lo acompañaron a poner el pasacalle”. El relato figura en el prólogo al libro “Suma paz. La utopía de Mario Calderón y Elsa Alvarado” (Ícono, 2021), de la periodista y escritora colombiana Elvira Sánchez-Blake, residente en EE. UU.

El país desconoce la trascendencia de este dúo de ambientalistas, investigadores y defensores por parejo de la naturaleza y los derechos humanos. La reciente aparición de esta pormenorizada crónica literaria es verdad, justicia y reparación apasionada sobre un crimen que cortó un impulso apasionado.

Era una noche densa en un apartamento superior de Chapinero alto. Cinco pistoleros hicieron lo suyo luego de tumbar la puerta. Al único que no tocaron las balas fue a Iván, el hijo de año y medio. “Papá, pum pum”, fue su relato. Su abuelo también pereció, la abuela resultó mal herida. Se divulgó que el niño fue escondido en el clóset por su madre. Falso, aclara este libro. Uno de los sicarios “confesó que no tuvo el valor de matarlo”. Sus compinches luego lo liquidaron.

Desde sus 15 años Calderón se encaminó en las rutas de los jesuitas. Fue sacerdote y pronto su sensibilidad se inclinó por los pobres y el agua. Luego de una estadía de riesgo en Tierralta, Córdoba, se deslumbró con el páramo de Sumapaz donde configuró una red de ambientalistas, construyó casa y le dio materialidad a su idealismo. En el Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep) colombianizó las iniciativas de la cooperativa gitana Longo Maï que había conocido en los Alpes francosuizos.

En el Cinep conoció a Elsa, comunicadora social que escudriñaba las entrañas de los medios masivos. Con algunos colegas pensaron en “un libro que reflejara las tendencias modernas de comunicación. Intentaban responder a una problemática crucial: ¿cómo cambiar la manera en que se informaba sobre derechos humanos y paz en Colombia?”.

Julia Roberts: la imagen de esta actriz gringa encajaba en su fisonomía. Impetuosa, centro de atención, sal y pimienta. Mario Calderón fue cayendo en amor por esta aparición. Se retiró del sacerdocio, hizo pareja con ella, halló la compañía para su utopía urbana y rural.

En el esplendor de esta furia personal y social, la pareja reunió en torno suyo una pléyade de intelectuales bohemios, ligados a juntas populares. Era una banda entre hippie e insurrecta, que adoraba a Gandhi. Solo que los señores de la muerte no veían en tal mezcla más que subversivos y opositores de sus negocios de minería, tierras y dominio político.

Entonces, una noche, “papá, pum pum”.

arturoguerreror@gmail.com

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