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Todo se arrienda, todo se vende

Arturo Guerrero

19 de noviembre de 2021 - 12:00 a. m.

El panorama de las ventanas urbanas está marcado por avisos de “Se arrienda”, “Se vende”. Viviendas, oficinas, locales, medio país está feriándose. La pandemia desocupó la finca raíz e hizo bajar los precios de propiedades y alquileres. La ley de oferta y demanda ha sido drástica.

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Los centros comerciales muestran amplios espacios vacíos entre vidrios, como barcos cruceros desmantelados. Se cerraron almacenes, restaurantes, apartamentos. La gente salió en estampida, no resistió pagar cánones sin tener ingresos. Algunos aguantaron estoicamente hasta el comienzo de la resurrección económica.

A los ojos transeúntes, una ciudad desmontada es símbolo de fracaso. Los sobrevivientes pasan de lado y agradecen no padecer esta peste de clausura general. Los invade cierta desolación de posguerra sin guerra. En algún lugar han de pernoctar esas familias expulsadas. Tal vez se aprietan donde tíos, abuelos o amigos.

Quienes fueron comerciantes o dueños de cafeterías mascarán en el exilio el rencor de no tener a quién echarle la culpa. Es que un virus mortal, inventado en China y expandido como fulminante en la otra mitad del planeta, no tiene nombre ni cara ni finanzas en paraísos fiscales. ¿Quién, entonces, resarcirá a los quebrados?

El gobierno inventó subsidios, mordidos de la antepenúltima reforma tributaria. Se desprendió de algunos pesos que duran lo que un caramelo en la puerta de una escuela. Además, obligó a establecerse de puertas para adentro, de modo que ni siquiera quedó el recurso de cantar por monedas o gritar a los pisos altos intentando pescar algún auxilio.

Cuando se moderaron estos acuartelamientos de primer grado, los expulsados de la tierra salieron al aire, procurando comenzar de cero. Todavía hoy muchos de ellos andarán añorando la tierra firme de los lugares abandonados. Se prometerán no caer tan inocentemente en las siguientes pestes, desde ya anunciadas hasta la generación de los bisnietos.

El hecho es que hay edificios de ocho pisos cuyos anuncios en portería muestran cinco apartamentos en venta y tres en arriendo. Los copropietarios salen sin mirar esos rectángulos rojos, no sea que los alcance la mala suerte. Quién quita que su apartaestudio propio aparezca alguna mañana en la lista trágica del desahucio.

El pánico de la finca raíz en desmoronamiento se instala en la mente general, igual que los huesos de un bombardeo humeante. Los cimientos sólidos del planeta se derriten y nadie se atreve a anticipar el destino desmirriado de los descendientes. ¿Qué seguridad les estamos dejando para cuando deban agenciarse solitarios una vida siquiera sensata?

En realidad, quienes se venden o alquilan son los habitantes. Hay una estampida simbólica hacia un lugar donde todos serán “okupas”. Cada cual buscará su guarida entre placas y cáscaras de mansiones en decadencia, cuyo alquiler nadie cobra. El mundo se reciclará de entre ruinas aporreadas. Los que consigan albergue recordarán la época en que existía la palabra hogar.

arturoguerreror@gmail.com

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