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Todos los hermosos juristas

Arturo Guerrero

14 de septiembre de 2018 - 04:45 a. m.

El país está hasta la coronilla de abogados. Siempre se supo que la proporción de estos profesionales es una demasía. Las facultades pululan, los muchachos se inscriben en ellas porque el ingreso es fácil. Claro que, entre tantos hombres de leyes, es apenas natural que los haya de buena calaña.

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Seguramente muchos se ganan la sopa procurando que la gente tramite sus litigios con leyes y no con machetes. Seguramente algunos son dignos del calificativo de jurisperitos, por haberse adentrado en la filosofía del derecho. De estos habría que decir, para ponderarlos, que son más filósofos que abogados.    

Pero los que saturan en estos días el cerebro de los colombianos son los alarmantes abogados. Los expertos en comprar y voltear testigos. Los visitantes consuetudinarios de cárceles en busca de traidores. Aquellos avezados en prolongar los términos hasta cuando se desgonce la espada atosigada de la justicia.

 Los retorcidos abogados son quienes trabajan en las emisoras para inclinar los noticieros hacia la más torcida interpretación de las magistraturas. O para lanzar loas a sus colegas con puestos altísimos y zanjar las dudas jurídicas con argumentos como “yo lo conozco, soy su amigo, doy fe de su trayectoria”. Ni hablar de la masacre que cometen con el lenguaje, con expresiones de cajón que merecerían estar en el cajón de la basura.

Los atroces abogados tienen olfato perruno para echar adelante, gracias a una bien aceitada relación con la tele y unas entrevistas obsequiosas en la radio, lo que no ganarían en los estrados institucionales. Por eso a diario aparecen al aire, difunden su jerga incomprensible, posan de buenos muchachos.

En días recientes, uno de los más encumbrados de estos tremendos abogados no ha parado de tender cortinas nauseabundas contra entidades y personas rigurosamente seleccionadas. Es como si lo hiciera por encargo de instancias superiores, como si siguiera un libreto craneado con escrúpulo y malicia.

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Desde la cúspide de su investidura que da miedo, este funcionario general inicia declarando que lo que va a narrar es ´inenarrable´, solo para continuar narrando ladinamente lo inenarrable. Agrega que tiene pruebas celestiales, elude mencionarlas, suelta el globo de helio que vuela con la barriga vacía.

Los medios masivos se atropellan para contribuir con la elevación de estos globos. Caen como insectos sobre la miel salada del altísimo funcionario, pues tienen asegurada la dosis de bronca que eleva sintonías. No contrapreguntan, son sumisos, se ciegan ante el entramado que hoy suelta una enormidad, mañana reposa satisfecho con la polvareda y días después cambiará de trama para disparar desde otro ángulo.

Los pavorosos abogados, entre tanto, siguen apareciendo, siempre los mismos apellidos, las mismas barbas blancas. Se disfrazan de víctimas, se autochuzan, son la perfecta cinta sinfín que une a exmandatarios inculpados, jueces aceitados, testigos adulterados, periodistas elásticos, ciudadanos empanicados.

arturoguerreror@gmail.com

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