El nombre de la Caracas, para los bogotanos, no tiene que ver con la vecina capital de Venezuela. Es, en cambio, la denominación de la larga avenida que atraviesa de sur a norte la metrópoli de Colombia. Siempre ha sido la principal vía para el tráfico de carros y de grandes buses públicos.
Su trazo ha sufrido transformaciones, según el parecer de los sucesivos alcaldes mayores. Por su tramo oriental recibe el caudal hacia el norte, y el occidental acoge la caravana hacia el sur.
En un comienzo respetó un refrescante arbolado que separaba los dos carriles y le daba oxígeno y pájaros cantores, pero las administraciones la tomaron como símbolo de cada una de ellas, y la convirtieron en ensayo de arquitectura urbana. Algún alcalde tuvo la idea de erradicar sus árboles y desde entonces comenzó Cristo a padecer. El burgomaestre resolvió llenar de gruesas piedras blancas el separador central. La idea convirtió a la Caracas en un sufrimiento.
Por fortuna esta desertificación no duró mucho, gracias al malestar manifiesto de los habitantes que echaban de menos el verde tradicional, el cual, además, la vestía de sombra. Entonces otro mandatario implementó una mezcla de piso de cemento con los añorados árboles.
Cuando apareció el Transmilenio a comienzo del siglo y del milenio, como lo recuerda su nombre, el sufrido separador fue el albergue de las espaciosas estaciones por las que apretados subían y bajaban los viajeros. Tampoco esta fórmula resultó duradera, pues aparecieron las obras del metro que hoy en día avanzan en un setenta y pico por ciento.
En la actualidad, la emblemática avenida viró hacia una sucesión de intervalos que son tremendos huecos con mil varillas y estructuras de metal para llegar al centro de la tierra. A sus alrededores aguardan maquinarias amarillas de excavación y obreros con cascos que han de ser el alma de la faena.
Otros tramos acogen ya fuertes moles de concreto, arriba de las cuales aparecen lo que serán las bases por donde circulará el metro. Se construyen estaciones temporales de abordaje para pasajeros, pues muchas de las antiguas fueron enteramente borradas por el progreso.
Sobre el cielo se yerguen torres metálicas amarillas de donde penden sostenes para grúas que convierten el panorama urbano en un cielo que anuncia gran ingeniería. Es difícil encontrarse con alguno de los especialistas de la China que han de vigilar cada paso con ojos rasgados. Dada la procedencia de estos expertos, los transeúntes colombianos que se asoman suponen que las obras van bien y se terminarán en el pazo acordado.
Todavía no es posible imaginar cómo será el vuelo de los muchos vagones del metro que ya llegaron al país y están en pruebas previas, pero los bogotanos hacen cuentas en los dedos para calcular cuándo podrán deslizarse sobre la vieja avenida Caracas, a bordo de la más encumbrada tecnología de cuantos sistemas de transporte cruzan las urbes del planeta.