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Tres años, más tres años

Arturo Guerrero

24 de septiembre de 2021 - 12:00 a. m.

Habíamos soñado con la paz. Nos mostraron salas vacías en el Hospital Militar. Vimos lanchas erizadas de guerrilleros que navegaban hacia la entrega de sus fusiles. Igual que buses y chivas con tropas insurrectas que aceptaron unos acuerdos para recomenzar sus vidas.

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Durante tres años se respiró un futuro en que las generaciones no crecieran con miedo a helicópteros ni a motosierras. En varias ocasiones los estupefactos combatientes firmaron con sus alias, porque desde niños habían carecido de un nombre legal. “Para la guerra nada”, cantó desde Barcelona Marta Gómez con su sonrisa trasatlántica.

Pero reaparecieron los pájaros de mal agüero. Argumentaron con su triunfo en el plebiscito. Escondieron sus mañas para conseguir esa raquítica mayoría de cincuenta mil votos. Las había filtrado el responsable de la campaña: “¡hacer que todos voten emberracados!”

A pesar de que se les concedieron los puntos que alegaban, difundieron el veneno de que lo pactado era una paz sin legalidad. En realidad, querían vengarse de un presidente que se les salió de las manos. O de las garras, para ser precisos. En lo sucesivo silenciaron la palabra “emberracados” y se tomaron el cielo por asalto.

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Regresaron los helicópteros, los envoltorios blancos con cadáveres, las aulagas de campesinos ahuyentados de sus rincones. Se reeditó la misma película colombiana, hecha de traición, entrampamiento, tierra arrasada, operaciones en las brigadas, águilas sin color.

En vez de frentes guerrilleros, florecieron disidencias con nombres de beligerantes muertos. Tropillas a las que se unificó bajo una palabra gutural y residual, Gaor. Volvieron los videos altisonantes con tremendos fusiles selváticos. Se remozó un grito de choque, ¡Ajúa!

Los colombianos de nuevo nos matamos como siempre hemos sabido. A las fuerzas del Estado se les reinstruyó en métodos carniceros. El cielo se rellenó de odio. Y el odio llegó a las ciudades. Algunas gentes entregadas a la miseria por la pandemia del virus asumieron la cartilla belicosa y abarrotaron de puñales los puentes, calles y sombras.

Hoy, otros tres años más adelante de la ilusión malograda, el país es otra vez un moridero. Lograron su propósito las agrias aves de las trizas. No solo mataron la paloma de la paz, sino descuartizaron la esperanza. Este es su peor crimen.

Los ciudadanos conocían de sobra las ferocidades de la guerra. Habían nacido en un chapaleo de sangre y rabia. En cambio, nunca habían experimentado un clima en que se pudieran asomar al parque o al camino sin el caminado de Pedro Navajas. Esta vislumbre llegó con el Acuerdo de Paz, y en un santiamén se enlutó.

Así que los adversarios de esa paz no solo mataron los cuerpos, sino las almas. Y este añadido es lamentable, pues equivale a despescuezar el futuro. Hoy andamos enemistados, furiosos, mascando el cadáver de un país vivible para los hijos. Hoy muchos sueñan con irse al exterior, reniegan de una patria adversaria. Se les cerró una puerta por cuya rendija alcanzaron a imaginar alguna forma de ventura.

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arturoguerreror@gmail.com

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