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Turguéniev y cómo orientar y despistar al lector

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Arturo Guerrero
27 de marzo de 2026 - 05:00 a. m.
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De todas las obras del escritor ruso Iván Turguéniev (1818-1883), la novela corta Primer amor fue la preferida de él, su niña bonita. Así la elogia él mismo: “Es la única obra mía que hasta ahora me sigue gustando, porque lo que en ella se relata no es invención, sino vida. Cuando la vuelvo a leer, siento otra vez el aroma del pasado. Mis otras obras, pueden ser buenas, mostrar habilidad, talento, si usted quiere; pero todas ellas para mí son ficción. En cambio, Primer amor es algo intensamente vivo”.

En escasas ochenta páginas plasma, no solo el enamoramiento frustrado de un adolescente sin consuelo, sino un misterio que se va despejando poco a poco, y que el lector piensa que no es algo grave, hasta que se aclara casi al final de modo sorpresivo. Es tan intensa y velada la construcción, que muchos lectores se ven impulsados a retomar el vuelo de las páginas para recuperar el aliento y pacificar su cerebro.

“De todos mis tipos femeninos el que más me satisface es Zinaida, de Primer amor. Pude mostrar en él una persona realmente viva, coqueta por naturaleza, pero una coqueta atractiva”. Quien comienza a leer esta novelita va encontrando a medida que avanza pistas estratégicamente ubicadas para orientarlo y al mismo tiempo para despistarlo.

Esta es la magia de Turguéniev, considerado el poeta que narró la vida de las estepas rusas del siglo XIX. Y he aquí la manera como él mismo explica su arte: “Nunca me he atrevido a crear un personaje si no tengo como punto de partida, no una idea, sino una persona real. Para que me salga algo, siempre tengo que rozarme con la gente, observarla tal y como es. Necesito no sólo a la persona, su pasado, su ambiente, sino también los detalles más insignificantes de su vida. Todo lo que he escrito y tenga algún mérito me ha sido dado por la vida, y no inventado por mí”.

En un par de pinceladas insinúa el drama de Primer amor: “Cuando he reflexionado sobre el carácter de mi padre, he llegado a la conclusión de que la vida de familia no le interesaba nada; indudablemente él amaba otra cosa y en ello encontraba su satisfacción”. Y acerca del modo de ser de Zinaida, anota: “Todos los hombres que frecuentaban su casa se volvían locos por ella y ella los tenía a todos encadenados a sus pies (...). En todo su ser había una deslumbrante mezcla de astucia e indiferencia. (...) Cada uno de sus adoradores le era indispensable (...). Yo soy muy picaruela, no tengo corazón, soy comediante por naturaleza”.

Expuestos los antagonistas, continúa con el pensamiento del adolescente: “Créame usted, Zinaida, aun cuando se haya usted burlado de mí, aun cuando me haya atormentado, por mucho que haya usted hecho, yo la querré, yo la adoraré hasta el fin de mis días”.

Turguéniev sostiene una magia en el relato, similar a la de Zinaida. Luego de que el protagonista se ha despedido de ella, lleva a que el lector exclame lo mismo que este protagonista: “No recaeré, desde luego —pensé—; no la volveré a ver. Pero era mi destino que yo viese nuevamente a Zinaida”.

arturoguerreror@gmail.com

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