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Y aquí estamos comenzando un año cuyas características son excepcionales. Tanto, que en su inicio la semana pasada ocurrió un terremoto político en Venezuela, que nadie imaginaba en semejante fecha de pereza y fiesta. La imagen presidiaria de Nicolás Maduro en Nueva York impactó las retinas y los cálculos políticos de íntegra América Latina. Pero las declaraciones de Donald Trump anunciando los planes gringos con el petróleo y el gobierno de Venezuela, trajeron el recuerdo del célebre “I took Panama”. Con desfachatez de imperio, el presidente norteamericano anunció sus intenciones económicas y políticas.
No solo nuestro país limítrofe sino el resto del continente americano sintieron que el 2026 sería el inicio de un nuevo rumbo, decretado desde su mansión de recreo por el mandamás del mechón amarillo y la corbata roja. Además, su advertencia inmediata de que Colombia será “the next” enfrió la sangre de nuestra patria agobiada y doliente.
Después de los soles pertinaces de diciembre, este enero ha venido con nubes colgando del cielo y una temperatura fría, soplada por vientos inmisericordes y aguaceros, como si la naturaleza tropical enviara una señal sobre lo que se viene encima. Así que, tanto el ámbito gubernamental como el comportamiento atmosférico están conspirando contra la tranquilidad acostumbrada en estos inicios de año. Los hombres públicos y las autoridades harían bien en otear estas ondas alarmantes con que se estrena el nuevo año. Sobre todo, porque en nuestro caso coinciden con acontecimientos políticos decisivos: campaña política, elecciones, nuevo gobierno, incógnita por la suerte del movimiento que ha regido los asuntos públicos de los recientes cuatro años.
En efecto, luego de dos siglos de preeminencia de la clase alta en los supremos estrados del gobierno, por fin la izquierda consiguió ganar elecciones y estrenar una manera diferente de gobernar. En los comicios nacionales de 2026 el nuevo ideario político se juega su validación y el acierto o fracaso de sus propuestas y ejecutorias. No es poca cosa. Es el veredicto público sobre un modo de conducir el Estado, que siempre había sido de oposición. Así que las votaciones de este año no solo son la disputa de individuos que pugnan por lograr el derecho de ser investidos como gobernantes. Son, además, una contienda entre modos muchas veces contrarios de administrar la cosa pública.
Las dos grandes vertientes en juego están rompiéndose la cabeza por impactar a las mayorías y conseguir la preeminencia. Parece que de lado y lado han aprendido a aprovechar no solo sus fortalezas teóricas, sino incluso los trucos y malas prácticas que cada una ha utilizado en el pasado.
Las elecciones, entonces, serán como las finales del fútbol en las que los equipos adversarios desplegarán sus habilidades y experiencias, así como sus mañas y zancadillas, para alzarse con la victoria. Habrá que ver si el juego limpio se impone sobre las marrullas, para entregarle al país el resultado que se merece en este año excepcional y difícil.
