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Un país entre fanatismos es ingobernable. Un mundo erizado es la locura. Millones de ciudadanos enfilados en ideas fijas divergentes son imposibles de organizar hacia un fin común. “Perros y gatos”, se decía cuando se podía decir así, en épocas políticamente incorrectas.
Los siglos se han movido entre guerras, invasiones y conquistas. La historia de la humanidad oscila en el péndulo de humillados y ofendidos, por un lado, y despiadados y acaparadores, por el otro. Algo quedó mal diseñado desde cuando los hombres coincidieron sobre tierras y océanos comunes.
Desde un comienzo había de todo para todos. Bastaba con alzar la mano y las frutas se caían para el sediento. Hormigas y abejas han sido ejemplo de trabajo en común. Las raíces de los árboles con poderosos sistemas de comunicación y sensibilidad.
Pero a algunos no les satisfizo conseguir lo necesario para ellos y su familia. Miraron a un lado y echaron mano de tierras y frutos del vecino. Erizaron de horquetas el jardín concedido a todos por igual. Resolvieron acumular lo alcanzado porque no se sabe qué pasará en el futuro. Confiaron más en sus alforjas y graneros que en un sistema que proveyera bienestar para todos.
Pronto vieron que necesitaban gente con armas para custodiar la propiedad, esa palabra que se volvió sagrada. Por encima del hombro vigilaron a las mayorías despojadas. Así surgió el miedo. Antiguamente este sentimiento era originado por las fieras, los rayos, las pestes. En algún momento el miedo derivó de la defensa de lo acumulado, frente a la protesta de los que apenas subsistían.
El síndrome del miedo se agigantó hasta engendrar batallas y rapiñas de predios ajenos. A golpes de lanzas y estallidos se formaron países, fronteras, leyes, los movedizos mapas. Cada pueblo se enfurruñó en su idioma, costumbres, ritos. Cada cual se recluyó en su miedo.
Siglos y siglos transcurrieron sin que aquellos que difícilmente sobrevivían se juntaran a pensar qué hacer. Nunca faltaron escaramuzas, claro, que terminaban en expiaciones propinadas por los minoritarios habitantes del miedo. Hasta que a finales del XVIII una revolución guillotinó a los reyes. En el siguiente siglo unos economistas sembraron en las conciencias una doctrina.
Esa teoría cundió y entusiasmó a los desposeídos. El mundo estaba dividido en dos bandos irreconciliables. Antagónicos, fue la palabra mágica. Unos producían con sus brazos las riquezas, otros se apoderaban de esos frutos. Para remediar lo irremediable surgió otra palabra mágica, revolución.
Desde entonces muchos se aglutinaron alrededor de este prejuicio y proliferaron por el mundo los estallidos. Países enteros fueron tomados y alineados por seguidores de estas ideas. El globo quedó dividido entre miedosos y obstinados.
¿Será posible acercar a unos y otros, no desde sus miedos y obstinaciones, sino mediante una concertación? El día en que “perros y gatos” se miren desde ojos transparentes podrán llegar a una concertación, es decir, a un concierto con armonía de voces e instrumentos.
