La vacunación en Colombia es una lotería del tiempo. Dentadas ruedas de la suerte se deslizan y frenan frente a un nombre, el del predestinado. Nadie atina sobre las fuerzas que sentencian quién recibe dosis y quién es aplazado o anulado. La población se distribuyó en grupos por edades, pero dentro de esta clasificación cada ciudadano es un cupo sin albedrío.
Hay que rezarle a alguna divinidad y acertar con aquella que de verdad sea la única y la verdadera. Hay que encomendarse a la buena estrella, a sabiendas de que en las alturas cada ser cuenta con una que vela por él. Hay que confiar, finalmente, en el destino y la bendición de la buena conciencia. Cualquier receta vale para tranquilizar sobre lo irremediable.
Cuando la persona es convocada para la primera dosis, por correo, celular, mensaje de texto o wasap, le es inevitable considerarse señalado por un dedo poderoso para pertenecer al ínfimo porcentaje de los condenados de la Tierra que se salvarán.
Ingresa al enorme recinto del pinchazo donde la solemnidad y el hormigueo de funcionarios es lo más parecido a un cuadro del juicio final. Señoritas con atuendos exactos para cada tarea alternan con muchachos entrenados en responder cualquier duda, antes de inyectar el líquido redentor.
Al comprobar que no duele, que no genera reacciones raras, que no hace crecer cuernos ni olifantes, el paciente se cree porción neta del pueblo elegido. Ondula en el aire de regreso a casa, mira con superioridad a la pobre humanidad agobiada y doliente.
Le advirtieron, eso sí, que sin segunda dosis el asunto quedaría cojo, que a los 28 días podrá salir del limbo e ingresar entre trompetas a los vapores celestiales por toda una eternidad. Reaparece entonces un conteo regresivo más minucioso. El mundo no se puede acabar antes de coronar el paquete de inmunización. Conviene callarse para no alborotar el avispero de posibles colados que agotarían las dosis bienhechoras.
Dicho y hecho. Al día siguiente las emisoras de radio truenan con entrevistas a gentes convocadas que fueron devueltas porque se acabaron los frasquitos chinos o alemanes o ingleses. Tiembla la estabilidad planetaria. ¿Nos dejarán iniciados? ¿Quedaremos ensayados, después de chuzarnos a medias y hacernos entrever las cortinas del paraíso?
El gobierno acude a desmentir las versiones alarmistas. Que aparecieron a última hora los arrepentidos y los descuidados, que acudieron sin estar citados y se sorbieron las vacunas reservadas para perfeccionar el ciclo de los bienaventurados. Conclusión: ¡a bajarse de esa nube!, vuelve y gira el tambor del sorteo extraordinario.
El inyectado primerizo e inconcluso retorna al asfalto de la perplejidad, de donde no ha debido ausentarse. Aterriza en la volatilidad de la existencia, se sabe de nuevo vulnerable. La lotería del tiempo lo regresa a la espera de una citación aleatoria. Los sucesivos anuncios con llegadas de 400.000 dosis se reciben como premios de consolación. La evidencia sugiere el eterno retorno a lo precario.