Un lobo hambriento cruza de Noruega a Suecia, atraviesa bosques y al amanecer del 13 de enero de 2006 llega a un pueblo. De las chimeneas no sale humo a pesar del invierno rudo. Le llega olor a sangre, sigue el rastro hasta una casa donde descubre un cadáver que empuja hasta el bosque. Las carnes del pie de aquel cadáver son roídas por el animal. No oye ni siquiera un ladrido. Los otros masacrados duermen sus muertes.
Al final del verano, un diario vespertino sueco informa que mataron a un lobo solitario de un disparo a las afueras de otra localidad lejana. El primer pueblo está ahora vacío, nadie vive en él.
En 1863 tres hermanos chinos partieron de su humilde aldea hacia Cantón, donde no valían nada, en busca de un transporte marítimo hacia Estados Unidos donde se volverían ricos. En el intento, luego de padecimientos brutales, perecieron dos de ellos. El sobreviviente regresa a su país con el odio plantado en su ser.
Aprende a escribir, rehace su vida, relata con minucia su historia y apunta su rencor hacia el apellido del capataz que fue su tortura durante la construcción del ferrocarril costa a costa norteamericana. Cría hijos, pero ignora qué tan lejos llegará su grito. Pasa un siglo y medio y la ponzoña de la venganza por fin encuentra el destinatario adecuado.
Está en Pekín, en lo alto de un edificio desde donde hay vista panorámica a la mega urbe. Es uno de sus descendientes, muy bien ubicado en las altas esferas del Partido Comunista chino, gracias a su habilidad para saber hacia dónde se vuelca el poder en cada momento. A sus manos llega el manuscrito del antepasado, lo mismo que el diario del capataz sueco del ferrocarril en Nevada, Estados Unidos
Esta novela negra del sueco Henning Mankell (1948-2015), titulada con tacañería “El chino”, Tusquets Barcelona 2007, es un recorrido colérico en el tiempo y el espacio. Suecia, China, Estados Unidos, Zimbabue, Mozambique donde vivió la mitad de su tiempo el autor, son denunciados en sus miserias coloniales, atrocidades raciales, corrupción inveterada, falsos fastos históricos.
El magnate chino, depositario de los odios decantados, practicaba una curiosa táctica administrativa: “tenía perfectamente ordenados a sus amigos o enemigos políticos según el tiempo que debían esperar antes de verse con él. Así, los visitantes podían comparar el tiempo de espera y concluir si estaban más o menos cerca del favor del mandatario”.
Tenía a su servicio la esmerada eficiencia del espionaje: “la inteligencia china se creó según el modelo estalinista de la Unión Soviética. Mao había propuesto en varias ocasiones que adoptasen también las tácticas y las formas del FBI, pero jamás logró que su sugerencia hallase el menor eco”.
Al terminar las 600 páginas, el lector comprende que lo más importante no es quién y cómo asesinaron a los 19 ancianos del pueblo a donde llegó el lobo. Lo esencial es que el lobo de la carroña y el odio es por fin desenmascarado luego de la imperativa consumación de la venganza.