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Armar a la gente es inocular la guerra en el ADN del país. Hasta el momento la guerra tiene escenarios delimitados: selvas, ríos, Chocó, Cauca, Catatumbo, tantas veredas cuyos nombres solo se conocen cuando se vacían. Pero legalizar la venta de pistolas es implantar balas en el ánimo de todos los habitantes.
Un fuego en el cinturón convierte al ciudadano en amo de la muerte ajena. En el coito tiene la potestad de crear la vida. En el dedo índice cada uno agregará la facilidad de borrar esa vida. La disponibilidad general de municiones duplicará, así, las facultades y poderes del hombre.
Será un incremento triste. Parecido al de las hordas, cuando apenas se estaba repartiendo la tierra y los paladines las enardecían para quebrar los yelmos, desgarrar las corazas, hundir los escudos y derramar por el suelo sangre y sesos adversarios.
En el año 778 se libró en los Pirineos, frontera entre Francia y España, la batalla de Roncesvalles que dio origen al “Cantar de Roldán”, una de las cumbres de la épica medieval. Allí el conde Roldán, sobrino del cristiano rey franco Carlomagno y comandante de su retaguardia, fue muerto por las huestes árabes que invadían la península.
Antes de ser perforado, propinó feroces destrozos entre los sarracenos, denigrados como paganos. Así versifica el Cantar uno de los embates del héroe: “herir quiere al pagano lo más fuerte que pueda:/ el escudo le rompe, le pasa la loriga (armadura),/ el pecho le atraviesa y le rompe los huesos;/ el espinazo entero le saca de la espalda/ y con su aguda pica le echa el alma del cuerpo/ … en dos partes iguales el cuello le ha quebrado”.
“Tenemos la razón, el error es de ellos”, aclara Roldán. El escritor, entre clérigo y juglar, se solaza: “¡Quién le viera matando y amontonando muertos!” Y continúa, saboreando el momento: “¡La batalla es total, maravillosa y ardua!” Eran los tiempos del lobo, de la dentellada. Los hombres se relacionaban como combatientes, valía más una espada que un corazón.
Paulatinamente se delinearon los países, se guillotinaron los reyes, se coagularon las dos guerras mundiales, se elevó la democracia, se reconoció que los humanos tienen derechos, se desocuparon de colonizadores los pueblos colonizados. Una vez establecidas las nacionalidades y reconocida la validez de las diferencias, la humanidad encontró que la batalla no es maravillosa.
Esta lucidez no descartó las guerritas dispersas, pero el globo acudió a mediar cada vez que los lobos pretendían amontonar muertos. Se fue civilizando el díscolo planeta. Se configuró el monopolio de las armas en manos del Estado, para utilizarse solo en casos de excepción. Diálogo y diplomacia procuraron detener la ruptura de huesos.
El rearme de los ciudadanos, ahora que para matar basta el leve pulso de un dedo, sería la consagración del gatillo como instrumento del regreso a la oscuridad del oscurantismo. Sería abjurar de la inteligencia y del sentimiento, acumulados en la marcha universal del mazo a la poesía.
