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Confecámaras: cuarenta años

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Augusto Trujillo Muñoz
15 de mayo de 2009 - 02:18 a. m.
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Las Cámaras de Comercio no son instituciones nuevas en la historia. Nacieron, al parecer, en la Edad Media y se fortalecieron en la prosperidad de las ciudades italianas del Renacimiento.

Proyectaron sobre la modernidad un derecho gremial, consuetudinario, que gobernó los negocios, mientras la burguesía incrementaba su influencia universal. Tampoco son recientes en Colombia. Aparecieron como producto de la voluntad de los comerciantes de las principales ciudades colombianas pero, hace cerca de ocho décadas, recibieron el encargo legal de manejar una función pública: el registro mercantil.

Esta función les entregó una ponderosa responsabilidad jurídica –que han sabido ejercer con evidente idoneidad- y las dotó de unos recursos con los cuales se fueron proyectando hacia el liderazgo de su comunidad local. No fue así siempre. La competencia que les otorgó la ley en 1931 las encerró –casi durante medio siglo- en su función registral y, solo unas muy pocas, tuvieron otras preocupaciones. Sin embargo la década de los setentas trajo consigo una notable transformación que las convirtió en grandes protagonistas del desarrollo comarcano y de la misma vida del país.

Semejante cambio se debe fundamentalmente a la gestión institucional de ‘Confecámaras’, la Confederación que las agrupa, y coordina la marcha autónoma de cada una de sus afiliadas, con tino y con acierto. En ese sentido ‘Confecámaras’ es un ejemplo nacional, pues en una sociedad tan individualista y fragmentada como la nuestra no es fácil articular la labor de entidades independientes, cuyos intereses son legítimos pero diversos entre sí. La idea se incubó en la mente de Gastón Abello y se hizo realidad en la ciudad de Ibagué, en el año de 1969.

El gobernador del Tolima, Ariel Armel, instaló la asamblea que le dio vida y gestionó la presencia de delegaciones cuya condición de líderes naturales del país las hacía mirar con cautela el desarrollo de la nueva idea. Era lógico: para algunas de las Cámaras de Comercio más grandes la iniciativa podía generar alguna reserva. Recuerdo al gobernador visitando a sus colegas del Valle Libardo Lozano Guerrero, de Antioquia Jorge Valencia Jaramillo, al alcalde de Bogotá Virgilio Barco, para aproximar voluntades y garantizar la presencia de las principales Cámaras de Comercio del país. Finalmente asistieron. Allí se eligió como presidente a Gastón Abello, director de la Cámara de Comercio de Barranquilla, y como secretario general a Julio César Lucena, director de la Cámara de Comercio de Ibagué.

A lo largo de estos cuarenta años ‘Confecámaras’ también consolidó su liderazgo. Se debe al esfuerzo de no pocos hombres de empresa que le entregaron muchas de sus mejores horas. Recuerdo, entre ellos, a dos colombianos ilustres: Andrés Uribe Crane, una de las inteligencias mejor dotadas que he conocido, quien recorrió el país con la bandera de la promoción del desarrollo regional; y Nicolás del Castillo, cuyo penacho de hidalgo luce bien en medio de su gesto amable y de su culta manera de asumir la democracia.

No sé si, actualmente, todas las Cámaras de Comercio estén actuando en función de su doble fortaleza: su carácter local/regional y su condición de aglutinante cívico. Esa bandera debe izarse en un país en el cual el centralismo se resiste a morir por falta de empoderamiento y de participación ciudadanos. Lo que sí sé es que ‘Confecámaras’ ha sabido coordinar en la unidad de la Confederación la diversidad de sus Cámaras afiliadas, para servirle tanto a ellas mismas como al país en su conjunto. Ese es el reto creciente que llevan sobre sus hombros, en estos momentos, Juan Camilo Montoya y Eugenio Marulanda. En ellos dos, ésta Colombia de regiones y de ciudades saluda a los muchos dirigentes del sector privado que, desde ‘Confecámaras’, han contribuido al desarrollo nacional.

Ex senador, profesor universitario.

atm@cidan.net

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