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Davos

Augusto Trujillo Muñoz

27 de enero de 2023 - 12:01 a. m.

Los expertos sabrán decir si en el Foro de Davos aparecieron, o no, nuevas sensibilidades después de la pandemia. Pero es bueno recordar que su edición del año 2020 registró la llegada a un punto de inflexión global que lo indujo a pedir cooperación para tratar de gestionar simultáneamente la crisis. En la página web del Foro se lee: “The sheer number of ongoing crises calls for bold collective action”. Más claro, imposible.

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Cuatro fueron los aspectos centrales que en el 2020 fueron necesarios para lograr otra mirada sobre las sociedades actuales: cambiar de actitud; cambiar la métrica, porque el PIB mide parámetros equivocados; promover una economía que sirva a todos y crear conexión no solo entre distantes, sino entre distintos; es decir, armonizar y no polarizar.

El primer punto se sustenta en estudios elaborados o recogidos por Thomas Piketty y Rutger Bregman. Para Piketty, la desigualdad no es un subproducto equivocado del progreso, sino el resultado de aplicar políticas deficientes o erróneas. Bregman rompe la idea de que el ser humano es intrínsecamente egoísta y afirma que, por el contrario, está programado para ser colaborativo. El segundo punto afirma que el PIB no mide índices de desarrollo social, métricas de bienestar ni índices de progreso, por lo cual no solo genera críticas, sino que produce insatisfacciones crecientes.

El tercero se lograría con cambiar las métricas, porque los incentivos están unidos a ellas. Y la decisión de armonizar y no polarizar significa reducir al máximo la distancia que separa a las élites del resto de la humanidad. Bregman evoca la tregua del día de Navidad de 1914 al comenzar la Primera Guerra Mundial, la cual surgió en forma espontánea, porque más de 100.000 soldados de tropas enemigas se acercaron para jugar al fútbol, narrarse historias, compartir fotografías, comida y bebida.

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Probablemente aquella tregua habría sido la paz definitiva si los comandantes no se obstinan, desde lejos, en manejar políticas para incitar al odio. Con razón Erich Hartmann dijo, varios lustros después, que la guerra “es un lugar donde unos hombres jóvenes, que no se conocen ni se odian, se matan entre sí, por cuenta de unos hombres viejos que se conocen y se odian, pero no se matan”.

Este año, en Davos, hubo interés por los temas relacionados con la transición energética. Al parecer, la primera jornada oficial del Foro ofreció destellos de una dinámica esperanzadora, por el impulso que las inversiones en este sector pueden dar a la lucha contra el cambio climático. Sin embargo, también hubo preocupaciones porque los planes del gobierno estadounidense, en esa materia, contiene claras medidas proteccionistas.

Ignoro si los propósitos de Davos 2020 se mantienen o se olvidaron. Pero es evidente que el camino de vuelta a la normalidad está plagado de tropiezos. En cualquier caso, un jefe de Estado de América ibérica está moralmente obligado a mirar hacia Davos con sentido crítico. El Foro puede ser un escenario clave para lograr, al menos, algo de lo propuesto en el año 2020; pero también puede convertirse en una tertulia inteligente de la élite global que, a veces, mira hacia el planeta y, a menudo, solo hacia sí misma.

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