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Al momento de escribir estas líneas, no se conoce el nombre del nuevo presidente de los Estados Unidos. En cambio, se evidencia una crisis sobre la salud institucional de un país que, en el pasado, giró alrededor de la idea del sueño americano y, en el futuro, lo esperan fatales conflictos internos.
Los norteamericanos crecieron en torno a sí mismos. La Doctrina Monroe los convirtió en ejes de América, y la del Destino Manifiesto, en gendarmes del mundo. Dueños del pensamiento moderno, se sintieron depositarios de la razón universal. En ese orden de ideas resulta válida cualquier cosa: el rechazo o el respaldo a una democracia liberal, el rechazo o el respaldo a un gobierno tiránico; la invasión unilateralmente decidida a un país extranjero, la construcción de un muro en su frontera sur.
A diferencia de los libertadores de América hispana que, por cuenta del pensamiento español, privilegiaron la filosofía sobre la ciencia, los de la América inglesa, por cuenta del pensamiento británico, privilegiaron el pragmatismo y el éxito sobre la ética ibérica, que formó a nuestras sociedades del sur. Eso divorció los caminos del desarrollo entre las dos Américas y facilitó la consolidación de una sociedad capitalista en el norte.
En el espíritu norteamericano subyace la idea calvinista de la predestinación. Por eso se proyectan ante el mundo como si fueran el “pueblo elegido” por Dios, para llevar a cabo una misión trascendente. Así actuaron los primeros colonos, los padres fundadores del Estado y los que vinieron después. Ese es el común denominador de la doctrina del “big stick” del primer Roosevelt, de la Doctrina Truman, quien se atrevió a arrojar bombas atómicas a seres humanos sin sonrojarse, de la de “la guerra galáctica” de Reagan y del unilateralismo de Bush.
Aun así, los Estados Unidos han tenido siempre política exterior, incluso aceptando que gira más en torno a intereses que a principios. Pero han sido conscientes de que, en una aldea global, es preciso contar con los demás. Como en la frase de Churchill, todos somos responsables de todos. Eso no lo pudo entender el actual presidente gringo, dadas su ignorancia de la historia y su torpeza política.
El triunfo de 2016 obedeció menos a las habilidades de Trump que a los problemas de Clinton. En el mundo actual, una política provocadora y agresiva, un político pendenciero y belicoso, una gestión unilateral y excluyente pasan factura más temprano que tarde. Ahora le parece que “mágicamente sus victorias empiezan a desaparecer”, se da por ganador antes de finalizar el escrutinio y anuncia una demanda contra los resultados que, supuestamente, le favorecen. Entre gente seria, eso es una payasada.
Joe Biden no es un genio, ni un sabio, ni un líder, pero es un hombre decente. Su fórmula vicepresidencial, Kamala Harris, es una mujer brillante, de tez oscura, ideas claras y notable carisma. Si ganan, les corresponde recuperar los pasos dados por Barack Obama y rescatar la posibilidad de que en el mundo convivan civilizaciones distintas. Así de claro. De lo contrario los principios de la democracia y el Estado de derecho van a colapsar, y los Estados Unidos se hundirán en su propia crisis. Pero eso es una amenaza universal, cuando ocurre en la primera potencia del mundo.
*Presidente de la Academia Colombiana de Jurisprudencia. @inefable1
