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El claroscuro de las conmemoraciones

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Augusto Trujillo Muñoz
17 de marzo de 2011 - 11:47 p. m.
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Leí hace pocos días, en este mismo diario, al columnista Francisco Gutiérrez Sanín lamentando el desperdicio de grandes fechas históricas el año pasado: “Doscientos años de vida republicana, cien de la trascendental reforma constitucional de 1910, ochenta de la república liberal, se nos fueron en blanco”.

Fuimos incapaces de rescatar el sentido de aquellas fechas y proyectarlo sobre el país actual. Perdimos grandes oportunidades para avanzar hacia la consolidación de unos factores de identidad y para despejar posibilidades de asumir el porvenir como proyecto. Las conmemoraciones tienen que desentrañar la historia para descubrir en ella la manera de fortalecer valores comunes y reconocerse en alguna forma de consenso social.

Los eventos conmemorativos, así pasen y se olviden, dejan constancia sobre sucesos del pasado que sirvieron para construir el presente. Pero la conmemoración de una fecha histórica lleva consigo, además, la intención de redescubrir mensajes perdidos o desfigurados por la historia misma y la decisión de proyectarlos sobre el escenario de hoy. Como eso va más allá del evento puntual, es necesario hacer una pedagogía.

La reflexión sobre el ahora supone recuerdo del pasado y compromiso de futuro. Alguna vez Octavio Paz puso de presente la insistencia con que, en ciertos períodos, los pueblos se vuelven sobre sí mismos y se interrogan. Despertar a la historia –escribió- significa “adquirir conciencia de nuestra singularidad, sin importar que las respuestas que demos a nuestras preguntas así sean luego corregidas por el tiempo”.

Los colombianos se disfrazan, simulan, a veces huyen de su propia cultura porque giran más en función de un centro de gravedad ajeno que en torno al suyo propio. A eso contribuye su falta de sentido histórico. Pero la experiencia vivida por el país alrededor de la asamblea constituyente del 91 no es tan lejana. Ojalá se programaran jornadas en los centros educativos de todo el país, para rescatarla de la desfiguración producida por la ausencia de pedagogía constitucional y por las contrarreformas que ha sufrido.

Sus antecedente se remontan a “la pequeña constituyente” que propuso en 1975 el presidente López Michelsen, para estudiar las propuestas de la “Comisión Echandía” sobre reformas a la administración de justicia y al régimen territorial. Dos temas clave que, por cierto, siguen esperando una reforma seria, que también se resiste a llegar.

Luego vino el proceso que desembocó en la elección popular de alcaldes en 1986, y las propuestas de convocar una asamblea constituyente surgidas de sectores completamente distintos: una del guerrillero Oscar William Calvo, cuyo sólo origen produjo múltiples incomprensiones; y otra del sector privado del Tolima, en 1987, que no pudo superar la indiferencia con que suelen recibirse en Colombia las iniciativas comarcanas. Finalmente habrá que recordar el movimiento de la séptima papeleta.

También hay que refrescar el suceso ulterior a la constituyente. Poco queda –si es que queda algo- de aquello que los colombianos, espontáneamente, denominaron “el nuevo país”. La conmemoración debe servir también para tratar de recuperarlo. De lo contrario, se nos va air en blanco, como las del año pasado.

*Exsenador, profesor universitario

atm@cidan.net

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