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20 May 2022 - 5:00 a. m.

El país nacional

Ahora le toca, otra vez, al país nacional. Hace 65 años los colombianos vivieron unos hechos cuyo desenlace los convirtió en ejemplo hemisférico: El 1° de mayo de 1957 se produjeron protestas sindicales. Dos días después los universitarios se declararon en paro. El 5 dejaron de circular los periódicos más importantes del país y luego se expresaron los partidos políticos, los empresarios, la Iglesia. El 10 de mayo el dictador se vio obligado a abandonar el gobierno. La Junta Militar que lo asumió facilitó la recuperación del Estado de derecho.

Aquellas jornadas de mayo fueron el antecedente feliz del plebiscito realizado el 1° de diciembre del mismo año. Unos y otros pusieron de presente no solo la importancia sino el significado de las movilizaciones del país nacional que, en las calles o en las urnas, es capaz de resolver sus problemas y superar las amenazas y peligros del autoritarismo, la intolerancia, la incertidumbre. A través de esos dos sucesos Colombia sembró una semilla de convivencia social que rindió frutos. Por desgracia, dos o tres lustros después la cortaron de un tajo los ideologismos y las intolerancias anidadas en las mentes calenturientas de la guerra fría.

Colombia llevaba cerca de diez años bajo una dictadura que se había inaugurado con el cierre del Congreso Nacional, ordenada por el gobierno, en noviembre de 1949. Poco después hubo elecciones con un solo candidato presidencial, en un ámbito que, por lo mismo, no podía llamarse democrático. La crisis de la dictadura había comenzado un año antes, cuando su titular anunció la decisión de prolongar su mandato, en medio de la complacencia de los miembros de la Asamblea Constituyente.

Las jornadas de mayo de 1957 mostraron un país unido contra la dictadura y los resultados del plebiscito del mes de diciembre mostraron un país unido por la convivencia. La tesis de que el Frente Nacional fue un pacto excluyente es política, jurídica e históricamente inexacta. Quienes no se acogieron a los acuerdos fueron sectores absolutamente marginales. El respaldo al plebiscito fue superior a los 4 millones de votos, contra un voto negativo que apenas llegó a 200 mil. Los grupos guerrilleros —incluyendo al mismísimo Tirofijo— se acogieron al proceso de paz.

El país de hoy debería mirar hacia esas jornadas paradigmáticas de 1957. Los colombianos de entonces encontraron la fórmula para eliminar la violencia política y dieron ejemplo al continente y al mundo. No pretendo afirmar que el proceso fue fácil. Pero su gestión fue tan lúcida que supo conectar las contradicciones de la realidad con el derecho, los intereses diversos con las decisiones comunes, los nudos gordianos con la voluntad política. El historiador Robert Karl recogió todo aquel proceso del medio siglo XX en su libro La paz olvidada. Allí se lee cómo los colombianos de entonces combinaron ciudadanía política y pedagogía social para construir convivencia, y cómo lo lograron.

Nuestra patria tenía estadistas por entonces, de los cuales hoy carece. Pero el país nacional se movilizó, por encima de los odios, y logró hacer de la política el sustituto de la guerra. El predicamento actual es semejante. Por desgracia, el olvido de la paz nos trajo tantos problemas que, hoy, hace falta otro armisticio político. Debe ser impuesto en las urnas, el 29 de mayo, por el país nacional, porque desde las cúpulas quieren impedirlo.

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