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Entre el sofisma y la guerra

Augusto Trujillo Muñoz

19 de noviembre de 2021 - 12:00 a. m.

Frecuentes declaraciones oficiales celebran el crecimiento de la economía colombiana. Las cifras, sin embargo, revelan un fuerte acrecentamiento de la desigualdad social. Eso quiere decir que los porcentajes de crecimiento que el gobierno exhibe son insuficientes para medir el desarrollo integral de la sociedad. Como dato aislado constituyen un sofisma. Como el de proclamar la defensa del Estado de derecho mientras, por otra parte, los controles se cooptan. El poder tiene una dinámica expansiva. Por eso, sin controles efectivos, resulta casi imposible neutralizar los excesos del presidencialismo.

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La constituyente del 91 procuró establecer equilibrios entre el Estado social de derecho y la economía social de mercado. Sin embargo, casi todos los gobiernos ulteriores, desde entonces hasta hoy, cedieron a los dictados del Consenso de Washington. Las fórmulas, para los países en desarrollo, sobre la liberación de sus economías, la reducción del Estado, la abolición de regulaciones que impiden el acceso al mercado o restringen la competencia, dejaron de ser una instrucción para convertirse en un dogma.

Sobre esos dogmas sigue montada esta globalización sin reglas. La economía se puso al servicio del mercado, la política al servicio de la economía y la tecnología al servicio de ambas. Las tres se mueven universalmente a contrapelo de los intereses del ciudadano común. El periodista español Miguel Ángel García, especializado en temas económicos, escribe en el diario “El País” de Madrid que el siglo XXI está siendo testigo de una guerra entre las grandes empresas y los estados-nación. Eso no lo ocultan las grandes empresas tecnológicas, ni las grandes empresas farmacéuticas, ni las grandes empresas energéticas.

Unas y otras registran billones de dólares en utilidades y usan -ellas sí- su poder para limitar la competencia. Es decir, para mantener el monopolio. Entre tanto el ciudadano común solo tiene a su mano la protesta social o la desobediencia civil, y ambas suelen ser demonizadas por las mismas empresas y por los populismos de todos los signos que se han vuelto gobierno. Nunca ha habido ricos tan ricos como hoy, ni tantos pobres abandonados a su suerte. El papa Francisco lo denunció en su encíclica Fratelli tutti. Me temo que jamás se miraron unos a otros con tanto recelo. Semejante desigualdad es una semilla de nuevas guerras.

El periodista ibérico se formula varias preguntas: ¿Hasta cuándo soportará el Estado este pulso de las grandes organizaciones? ¿Qué perdurará del interés general? ¿Dónde está el equilibrio entre la libertad económica y el compromiso social? Daron Acemoglu, profesor de MIT ofrece una respuesta: “se trata de un enfrentamiento muy desigual que afecta, por ejemplo, el control de la información, la soberanía del consumidor, la participación ciudadana en la política”. El horizonte sería dramático. Es preciso evitar que la desigualdad extrema se salga de control en el mundo. Pero hay quienes dicen que ya se salió.

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