Durante el siglo XIX, Colombia vivió en medio de confrontaciones armadas. Desde la Guerra de los Supremos hasta la de los Mil días, nos colgaron el fardo bélico. En su libro Mi gente, el expresidente Alberto Lleras escribe que “los militares de la independencia despreciaban a los abogados reinosos, a los parlamentarios discutidores, a los filósofos de levita… irse al monte fue la predilecta determinación de los espadones gloriosos para arreglar las causas políticas…”. Luego anota algo concluyente: “la guerra es el sublime deporte del pueblo, secularmente aburrido de vivir entre la pobreza y el pecado”.
Sobre el medio siglo XX, el país vivió una auténtica barbarie. Se le llamó ‘La Violencia’ y se le escribió así, con mayúsculas. Al condenarla de plano, el expresidente Darío Echandía dictó una clara sentencia: “no serán aptos para participar en la administración pública quienes piensen que el país está dividido entre buenos y malos… La lucha contra la violencia no es solamente una empresa militar o policiva, es una tarea de regeneración social”. Lamentablemente, en 1964 el gobierno improvisó unas operaciones militares en territorios sobre los cuales no ejercía control alguno y, sobre todo, desconociendo los desarrollos internacionales propios de la Guerra Fría. Así nacieron las ‘FARC’.
A pesar de lo anterior, el siglo XX conoció tres grandes intentos por consolidar la paz, todos ellos con agudas propuestas: el Republicanismo de 1910, el Frente Nacional de 1957 y la Asamblea Constituyente de 1991. El primero fue precedido de un llamado a la paz por parte del jurista Nicolás Esguerra, quien propuso la creación de un ejecutivo plural, para garantizar la paz y evitar los abusos de una autoridad uninominal. El Frente Nacional abarcó todo el espectro político del país y privilegió, por primera vez, los consensos democráticos. La Constituyente fue anticipada desde febrero de 1986 por el sector privado del Tolima, que propuso la convocatoria de una Asamblea, elegida por el pueblo, con el encargo de crear “un organismo separado del Congreso, distinto a él, que ejerza la función constituyente, en donde tengan asiento amplios sectores de la comunidad”. A los tres les faltó abono y pedagogía.
La política es la contingencia pura. Exige avanzar sin sobresaltos y pensar en propósitos complementarios de mediano plazo, a través de los análisis más responsables y las decisiones más prudentes. Pero aquí rechazamos la cordura y privilegiamos la improvisación. Ahora brincamos de la Paz total a la guerra total, como si no estuviera claro que ambas fracasaron: aquella en el gobierno anterior y ésta en todos los gobiernos que la consintieron. Dividirse entre buenos y malos es la mejor manera de cultivar la violencia. También es una forma tosca y burda, torpe y cerril de andar por la vida. Un país cuya mitad odia a la otra mitad, está ad portas de descomponerse en medio de una cultura mercenaria. ¡Por Dios!
*Los apartes transcritos entre comillas corresponden a textos históricos, todos en poder del autor de la presente columna.