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La política al revés

Augusto Trujillo Muñoz

24 de julio de 2026 - 12:05 a. m.

La política es el arte de la controversia; la milicia, el arte de la disciplina; el derecho, el arte de la convivencia. No es lo mismo dirigir una universidad que una alcaldía, ni una campaña política que un batallón militar. En su célebre discurso del Teatro Patria, lo señaló el presidente electo Alberto Lleras Camargo, en un momento en que el país necesitaba despolitizar su fuerza pública luego de una década de dictadura civil y militar.

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Mantener a las Fuerzas Armadas lejos de la deliberación no es un simple antojo de las leyes, sino una necesidad de la función militar, expresó Lleras: “No hay mucho peligro en las controversias civiles cuando la gente está desarmada. Pero si alguien tiene a sus órdenes (…) una ametralladora, un fusil, una compañía (…) será irrazonable, y no buscará el entendimiento sino el aplastamiento, y todo acabará en una batalla”. Por eso las Fuerzas Armadas deben tener vedada cualquier forma de contacto con la deliberación política.

El siglo XX asistió a procesos que pudieron convertir a Colombia en una potencia moral: el Republicanismo de 1810, el Frente Nacional de 1957, la Constituyente de 1991. Los tres se frustraron por cuenta de las armas: las legales de la Operación Marquetalia o de la ofensiva a Casa Verde, y las ilegales de las fuerzas guerrilleras o de los grupos delincuenciales. La potencia moral de un país reside en ser fiel a sus principios-valores, solía reiterar el expresidente Darío Echandía, quien supo mantenerse, a lo largo de su vida, como la conciencia moral del país.

La posesión del presidente de la República o del presidente del Congreso Nacional no son actos políticamente neutros, como sí debe serlo todo en las fuerzas armadas dentro de un Estado democrático. Además, la posesión de funcionarios con alta connotación política en una guarnición militar es extraña a los principios-valores tradicionales del país. Resulta inconveniente, provocadora, imprudente. En un auténtico Estado de Derecho bordea la ilegalidad.

El jueves 16 de los corrientes, Eduardo Posada Carbó escribió en su columna de El Tiempo que saber ganar y saber perder son dos grandes principios relacionados con el buen suceso de las democracias. Pero hoy “estamos ante un escenario de perdedores que no saben perder y ganadores que no han aprendido a ganar. Saber ganar en política es un arte que exige mucha sabiduría, sobre todo cuando el triunfo está sostenido en mayorías de margen mínimo”. Tiene razón. En un país de larga tradición civil, la posesión presidencial en una sede militar solo sirve para alentar amenazas contra la convivencia. Significa hacer la política al revés.

En síntesis, el nuevo gobierno no comienza bien. Comienza mejor el Congreso al propiciar el diálogo entre adversarios y abrir la puerta hacia un consenso. El gobierno parece jugar a una política de tierra arrasada, mientras los congresistas apelan al diálogo que aproxima fuerzas políticas enfrentadas y contrapuestas. Eso disgusta a algunos, incluso desconcierta a otros, pero resulta clave en un país polarizado. No se conocen aún sus decisiones sobre el tema de la posesión presidencial. Pero comenzaron haciendo la política al derecho.

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