Gran Bretaña es, probablemente, el único país de Occidente en el cual su rey y su papa son la misma persona. Creo que eso acerca a los británicos con algunos países del Oriente medio. En Inglaterra, Enrique VIII fue el primer rey que se hizo papa de una iglesia inventada por él mismo, en razón de que el papa Clemente VII no quiso anular su matrimonio con la princesa española Catalina de Trastámara, hija de los Reyes Católicos. En el Medio Oriente, esos Estados son Arabia, Irán e Israel, este último inventado en el siglo XX por los anglosajones.
La aparición del anglicanismo en Inglaterra significó un punto de inflexión en su historia. Nació con un intenso y agresivo rasgo anticatólico. La religión capturó a la política. El pecado original de la religión anglicana es su anticatolicismo visceral. El anglicanismo tiene una curiosa relación con los puritanos, que son los calvinistas ingleses, quienes criticaron la “diplomacia secreta” que la reina Isabel I utilizaba con el rey panibérico Felipe II, en cuyos dominios no se ocultaba el sol y a quien ningún país europeo podía darse el lujo de ignorar. Ello les valió acoso y persecución por parte de la corona inglesa, lo cual los hizo huir hacia lo que es hoy Estados Unidos.
La relación de los colonos con los aborígenes fue tensa y conflictiva. Los persiguieron hasta más allá del despojo y consumaron su genocidio cultural. Estados Unidos se volvió Inglaterra trasladada a América del norte y proclamó en las letras “WAP” su naturaleza de población blanca, anglosajona y protestante. Inglaterra y Estados Unidos son las dos caras de la misma moneda: la ética del éxito, la predestinación, la doctrina Monroe, el destino manifiesto, el gran garrote, la vocación imperial, la promoción de múltiples guerras, incluso la política de Reagan, secundada por Thatcher, según la cual “el Estado no es la solución sino el problema”, hacen de la Modernidad una especie de equivocación histórica. Si el Estado es el problema, ¿cuál es la solución? Si la solución no es anglosajona, ¿el problema es Estados Unidos?
Alguna vez el periodista Hernando Téllez escribió que las revoluciones burguesas cambiaron el pasado, pero no pudieron cambiar el presente: “Después del dinero, hay algo que la sociedad burguesa ama profundamente: los símbolos de la sociedad aristocrática... La sociedad burguesa se da cuenta de que es una ‘loba’ que vive inauténticamente su estilo y que, por lo mismo, sus formas de vida implican un desajuste entre el modelo que imitan y la realidad que expresan”. Los estadounidenses miran con inmensa fascinación, digna de causa mejor, a la realeza británica; y los británicos, con su gesto tradicional, apelan al humor para disimular su imperial decadencia. Lo mostró el señor Trump con infinita satisfacción ante el rey, y lo mostró el rey con infinito exceso de cautela ante Trump.
The Guardian de Londres estimó que la célebre “relación especial” que siempre han proclamado los dos países “tiene aún mucha vida por delante”. El País de Madrid se limitó a decir que un poco de pompa y ceremonia es útil y puede sanar heridas en una relación bilateral. Pero, como dice el historiador francés, Emmanuel Todd, en su libro La derrota de Occidente, estamos en el origen de un preocupante trance universal: un nuevo auge del supremacismo a ultranza, el desplome de la voluntad europea y su desconcertante evanescencia como actor geopolítico autónomo. Es una ruptura histórica que pone en peligro el equilibrio del planeta entero. ¿Sería una oportunidad para el mundo panibérico?