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En medio de una aguda crisis diplomática, enmarcada en forma preocupante por amenazas de cañones y uniformes en la frontera, se ha puesto en evidencia un hecho preocupante: En Colombia no hay cancillería.
El ex presidente Eduardo Santos, quien fue canciller en épocas del conflicto colombo-peruano, escribió alguna vez que la diplomacia es el arte de hacer las cosas con mucha lentitud y en gran secreto, como una forma de garantizar que se hagan bien.
Claro, la diplomacia supone también idoneidad, análisis, prospectiva, imaginación y claridad política frente al complejo escenario de las relaciones con el mundo, para ganarse la credibilidad y el respeto de una comunidad internacional que, a pesar de su nombre, no siempre privilegia las cosas que tiene en común.
Colombia está obligada a tener buenos cancilleres, cuya solvencia profesional y política neutralice la ausencia de cancillería. Los ha tenido, por supuesto. Pero no lo tiene hoy, cuando el panorama de la cordialidad suramericana se revuelve, peligrosamente, por cuenta del lenguaje y de la actitud del presidente Chávez.
En días pasados un editorial de El Tiempo se quejó de la ineficiencia de las embajadas en Caracas y en Quito, mientras un informe de Espectador se preguntaba dónde está la cancillería que nada hizo para que un problema que debió manejarse por los canales diplomáticos, se manejara por los canales mediáticos. El canciller no previó nada de lo que podía pasar, ni la cancillería tampoco.
El lenguaje de Chávez es pendenciero y su actitud camorrista, diplomáticamente inadecuados e inaceptables para cualquier colombiano. Su ego no resiste una cámara de televisión, su excesiva locuacidad pone al descubierto sus falencias intelectuales y su mentalidad belicista lo empuja hacia la confrontación.
Semejantes características del personaje eran conocidas de tiempo atrás. También sus afinidades con los presidentes Correa y Ortega, así como su influencia sobre ellos. Nuestra cancillería jamás pareció enterarse de tales circunstancias. Sus gestiones en el ámbito diplomático regional son prácticamente inexistentes.
Una buena cancillería contribuye a mejorar la mala gestión de los malos cancilleres e incluso la de los malos embajadores. Y, en un caso como este, no se deja aprisionar en la falsa trampa de la ecuación ‘inviolabilidad de la soberanía-obligaciones para luchar contra quienes cometen delitos de lesa humanidad’. A propósito: ¿por qué el gobierno ecuatoriano no denunció la incursión de las Farc en su territorio?
No es la primera vez que Colombia y Ecuador rompen relaciones diplomáticas. Si recuerdo bien, igual cosa ocurrió durante el gobierno del presidente Abadía Méndez. Pero sí es la primera que el gobierno de un país hermano compra una crisis binacional ajena, en la cual no tiene interés legítimo alguno, salvo el de estimular confrontaciones con Colombia, fomentando un nacionalismo emocional que apuntale al régimen y oculte las múltiples carencias de su líder.
El conflicto colombiano se desdobló en términos que inciden sobre todo el escenario regional. Y la actual crisis sólo puede resolverse por la vía diplomática. Tener iniciativa en vez de actuar por reacción, y hacerlo bien, es el reto que tienen enfrente nuestra inefable cancillería y nuestro invisible canciller.
Ex senador, profesor universitario
atm@cidan.net
