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Pacto histórico

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Augusto Trujillo Muñoz
03 de junio de 2022 - 05:00 a. m.
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Una de las tragedias de este país es que la política no funciona como doxa sino como dogma. La sobreideologización de la Guerra Fría extendió sus secuelas por el tercer mundo y ocasionó un profundo daño al funcionamiento de sus sociedades. En Colombia no sólo sembró la semilla de las Farc cuando el país insistía en erradicar la violencia del medio siglo XX; también congeló las dinámicas democráticas y, aún hoy, mantiene una especie de guerra caliente entre izquierda y derecha, cuando una y otra son categorías políticas pasadas de moda, superadas por la historia, que ni siquiera funcionan como opciones analíticas.

Estos días de interregno entre las dos vueltas de la elección presidencial deben servir para que la sociedad civil se reconozca en su dimensión histórica y en su responsabilidad política. Colombia necesita estadistas y no los tiene. Lejos están los días de Carlos E. Restrepo y de Concha, de López y de Santos, de Echandía y de Gaitán, de los Lleras y de Belisario Betancur. El país necesita reconstruir unas elites dirigentes con vocación civil y sentido ético, estético y social de la política. La palabra estadista, como anota el exparlamentario Néstor Hernando Parra, ya no se lee ni se escribe: “El estadista requiere una vocación especial hacia el servicio público ―escribe Parra y en la columna de su página web― con miras a formar una sociedad próspera, menos injusta, en la que reinen la paz y la concordia”.

El siglo XXI se anunció como un espacio afortunado y esperanzador para el nacimiento de un nuevo país, cuya Constitución sería su hoja de ruta hacia el futuro. Los ciudadanos alcanzaron a pensar que el colapso del socialismo real y la adopción de la nueva Carta Política facilitarían el protagonismo civil y responsable del ciudadano sobre el activismo de los belicosos, es decir, la primacía del entendimiento sobre la confrontación. Se adivinaba que la vida cotidiana estaría mucho más inspirada en la solidaridad que en el enfrentamiento. No fue así por desgracia. Pero los pueblos tampoco resisten una vida en el limbo indefinidamente.

Las sociedades en crisis muestran de pronto un instinto de conservación que no intenta nada disruptivo, pero como dice Antonio García, sí busca encausar el desbordamiento de las fuerzas en que se compone y se descompone la vida social. Su aparición es tan casual como necesaria. Mientras escribo estas líneas leo que uno de los candidatos dice encontrar coincidencias entre su programa y el de su contrincante: “Por eso lo invito a que, cualquiera que sea el resultado el 19, produzcamos unas opciones de acuerdo nacional”.

La sola idea de un acuerdo nacional ha de ser bienvenida en un país que va a saltar al vacío si sigue construyendo esta subcultura del rencor y la agresión. El país somos todos, escribió Alberto Lleras para ofrecerle a los colombianos opciones de esperanza en medio de una violencia fratricida. Pero hay cosas sencillas, que pueden hacerse solamente con el ánimo de volver a las leyes elementales de toda organización política. Al proponer el Frente Nacional, Alberto Lleras proclamó que “limitarnos a restablecer el imperio de los diez mandamientos sobre el territorio de Colombia, ya habría una revolución salvadora”. Si los dos candidatos presidenciales de hoy encuentran coincidencias y suscriben un acuerdo de mínimos, ese sería un auténtico pacto histórico, que podría convertirse en ejemplo universal.

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