Explica el pensador español Daniel Innerarity, en su libro sobre la democracia compleja, que la gran tragedia de nuestro tiempo reside en que las realidades del siglo xxi no caben en instituciones pensadas para las realidades del siglo xx Eso significa que es necesario construir nuevos paradigmas. Trataré de leer la situación colombiana a la luz de aquella tesis.
En 1991 el país definió un gran acuerdo sobre lo fundamental. Lo suscribieron desde los miembros del establecimiento hasta los de la guerrilla desmovilizada. El resultado fue tan esperanzador que los ciudadanos se sintieron asistiendo al nacimiento de un “nuevo país”. Tal expresión se empleó en los medios de comunicación y se repetía en las charlas cotidianas.
Pero ese “nuevo país” no surgió gratuitamente. Fue resultado de una interpelación ciudadana ante la negligencia dirigente para actualizar las Instituciones. Todavía recuerdo las marchas, los paros, las protestas, sobre todo en la provincia, reclamando participación y rechazando lo que llamaban “centralismo asfixiante”. El presidente Virgilio Barco supo leer el momento y produjo un decreto para facilitar la convocatoria de una Asamblea Constituyente.
El punto cenital del proceso fue la Constitución del 91, recibida por todos como una hoja de ruta a largo plazo. Sin embargo, el “nuevo país” no acabó de nacer. A poco andar, se fueron desmontando sus nuevas instituciones por la vía de contrarreformas y sustituciones de la Constitución o por la de leyes que a la Corte Constitucional le resultaron exequibles.
Desde las tres ramas del poder público, le pusieron conejo a la Constitución. Al desatender principios-valores en ella contenidos, le pusieron conejo también a los ciudadanos que habían suscrito el pacto constitucional. El “nuevo país” colapsó antes de nacer. Fenómenos como la recentralización, la represidencialización, la reclientelización, la corrupción y las nuevas violencias que vinieron luego, neutralizaron las conquistas constitucionales de 1991.
Las marchas de ahora son un segundo tiempo de aquella interpelación ciudadana que, en el 91, fue acogida e interpretada por los constituyentes, pero desconocida por las tres ramas del poder público. El país nacional quiso jugar en la cancha del siglo xxi, pero el país político lo redujo a la cancha del siglo xx. Para completar la insatisfacción ciudadana, aparece esta pandemia tan mal gestionada, que hemos desembocado en la más honda incertidumbre.
Nunca como hoy hubiera tenido tanta razón Álvaro Gómez: Es urgente un acuerdo sobre lo fundamental. Es increíble que el consenso de 1991 se hubiera roto, hasta el punto de polarizar al país en los términos que estamos viendo. Sin duda alguna hay en ello responsabilidades dirigentes. Pero también tiene razón Daniel Innerarity: Los complejos problemas de sociedades plurales como las del mundo de hoy, no caben en instituciones diseñadas para el mundo de ayer, que funcionan sobre presupuestos conceptuales del pensamiento único.
Es indispensable rescatar las instituciones del 91 y recuperar un Estado de derecho que se nos está volviendo teórico. Y leer el momento con realismo político, para lograr una recuperación del consenso y concertar entre todos -no solo entre sectores afines al gobierno- un acuerdo en lo fundamental, con la mirada puesta más allá del horizonte.