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Leo en la letra menuda de El Prisionero de la Esperanza: “Este libro se terminó de editar en noviembre de 2025 y marca el cierre de la Biblioteca Gardeazábal, una celebración del legado, impacto y obra del maestro Gardeazábal. Toda nuestra admiración, respeto y gratitud para él”.
“Siempre pensé que este momento iba a llegar. Pero, por alguna recóndita razón que tenemos todos los seres humanos para tratar de no afrontar el final, lo pospuse con mil disculpas”.
“Veo que el tiempo se acaba, aunque, en otras palabras, lo que se me está acabando es la gasolina. Y como yo soy uno de esos carros de modelo viejo, todavía uso carburador y creo que está gastado, o las mangueritas se debilitaron o los platinos ya no dan chispa”.
“Nunca fui a que me arreglaran las uñas, nunca me metí en un sauna o un baño turco. No fui a París, ni a Roma ni a Buenos Aires. No me he teñido las canas, no me hice ni me hicieron la circuncisión; no he comido riñones ni chontaduro”.
“Ya no me gusta salir a ver gente. Prefiero vivir como los perros viejos, ladrando desde allí, sin tener que ir a olerles el culo a los que se acercan para saber de qué están compuestos”.
Ojalá no sea el último El Prisionero de la Esperanza. Los he leído todos: Cóndores no entierran todos los días, Dabeiba, Los míos, El titiritero, El papagayo tocaba violín, Los sordos ya no hablan, entre otros. Siempre me sorprenden. Su prosa impecable y sus afirmaciones implacables, sin pelos en la lengua.
Este último golpea fuerte. Una bomba atómica. Nuestros orígenes: una mezcla entre españoles aventureros con indias bravas y esclavos negros traídos encadenados desde África, y el poder absoluto de una Iglesia católica. La “evangelización” a fuete limpio y hoguera no fue un buen comienzo.
Nos recuerda cómo, en los primeros ochenta años, los invasores españoles no trajeron mujeres, desatando la lujuria hispana y preñando mujeres indígenas, derecho de pernada, formando lentamente una generación de hijos de mujeres derrotadas, muchas veces ellas sedientas de venganza.
Este libro es lectura obligatoria. No solo nos recuerda nuestros orígenes, sino lo que hemos permitido que nos suceda: violencia constante, polarizaciones, envidias, el apogeo de la “cultura traqueta”, que llegó para siempre y sigue manejando los hilos subterráneos; la corrupción política y empresarial; la inequidad, que ya forma parte del paisaje; y ese poder omnímodo de la Iglesia católica, manejando los hilos de la historia colombiana desde los púlpitos y a baculazos; los orígenes de las guerrillas; este actual y demagógico proceso de Paz Total y Cósmica que propone Petro.
“Somos un país que se acomoda a todo y, como tal, le huye al pesimismo y a la desesperación”.
P. D. Algunos datos que nos proporciona este libro, espeluznantes: “Colombia es el país con la red más nutrida de organizaciones del crimen organizado. Somos el país que más mafias y más redes criminales tiene. Somos el número uno en el tráfico de cocaína”.
P. D. “Pareciéramos que estuviéramos condenados a caminar no hacia adelante, sino hacia la siguiente batalla”.
P. D. personal. Gustavo, no cierres tu biblioteca. Todavía quedan muchos cajones por abrir.
