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6 Dec 2022 - 5:30 a. m.

Enamorada de los tres

Que me perdone la esposa, pero después de leer el último libro de Antonio Muñoz Molina, “Volver a dónde”, quedé prendada de su marido. Con esta obra, aparentemente sin ninguna pretensión, nos regala uno de esos libros que leemos una y otra vez. Un simple mirar pasar los días de pandemia desde su balcón en la calle O’Donnell, sentado en su silla con una copa de vino al atardecer; levantarse a aplaudir con los vecinos para entregar ese pequeño homenaje a médicos, enfermeras y auxiliares que arriesgaban sus vidas, cada minuto, cada día, para salvar otras; cuidar las matas de la terraza y ver crecer los tomates, recordando episodios de su infancia.

Desde Ordesa, de Manuel Vilas, no sentía algo parecido; diferentes en temática, ritmo, estilo y sin embargo ambos con un intangible que apunta a las fibras que tenemos más escondidas, ignoradas u olvidadas. No sé, pero punzan como un dardo o una cerbatana, por lo menos a mí. Sobra decir que mi amor por Vilas sigue intacto. No importa, estoy también enamorada de Antonio y, lo reconozco, de Pepe Zuleta, que me enganchó para siempre con Lo que no fue dicho. Fiel a los tres.

¿Qué me amarra a estos libros? ¿Por qué los rayo, los subrayo, les doblo las páginas y los manoseo? ¿Qué me remueven? Existe un común denominador: los recuerdos de infancia; la importancia de las cosas simples, sencillas; las vivencias duras, sin oropeles ni adornos, vividas al máximo, forjadas a yunque y martillo, casi a empujones. Infancias con olores de campo, de olivares, encinas, espacios abiertos, manos curtidas, soles y lluvias, paisajes ásperos o tropicales. La vida misma, sin aspavientos pero sin tregua, había que inventársela todos los días. No había espacio para el spleen inglés y postizo.

Ordesa me llevó en un Hay Festival de Cartagena a acechar a Manuel Vilas y saltarle encima para que viniera a Cali al Oiga, Mire, Lea. Lo que no fue dicho me mostró al verdadero José Zuleta, sin máscaras, lo intuía, pero se me escapaba. A Antonio Muñoz Molina lo bajé del pedestal de la Real Academia Española y me enamoré del ser humano, el real, sin el mito, nacido en los campos áridos y duros de Úbeda, hijo y nieto de manos callosas, pieles quemadas al sol y llenas de amor.

Mis recuerdos de infancia se quedan estancados en mi familia nuclear. Papá, mamá, tíos, primos, hermanas y pare de contar. Me pregunto cosas que ya no tienen respuesta. ¿Por qué dejé pasar mi vida sin preguntarles a mis padres por sus infancias? No sé muy bien quiénes fueron mis bisabuelos ni mis abuelos, cómo fue la niñez de ellos. ¿Por qué no pregunté nunca nada? ¿Por qué no disfruté más esa inteligencia privilegiada de mi mamá mientras “se le fue la vida en este pueblo de mierda”? ¿Por qué me aislé de mi papá cuando más me necesitaba? ¿A qué jugaba de niño?

Tal vez esa carencia de recuerdos me lleva a enamorarme de esos seres que sí recuerdan y comparten, honestos, directos, sin maquillajes, y nos abren la puerta de su mundo interior.

Posdata. Ojalá Antonio Muñoz Molina nos acompañe en Cali al próximo Oiga, Mire, Lea. Mientras tanto, les reitero a los tres mi amor eterno. Sus esposas, bienvenidas. No hay peligro, ya lo saben.

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