Expectativas y especulaciones: que si Paloma y su Rasputín —guía espiritual ya con signos de desgaste físico y amnesia de su pasado oscuro— le permitirán volar; que si Abelardo el Destripador engominado (tiene más carisma una momia) va a arrasar; que si Cepeda, cetrino, siempre de ceño fruncido y mudo, no dejará títere con cabeza y mandará a la pobreza extrema a los empresarios, acabará con la propiedad privada y hasta con el nido de la perra, convirtiendo a Colombia en un Gulag; que será el vencedor; que si a Claudia López la mandarán al último rincón del desván los machistas furibundos; que la dignidad de Mauricio Cárdenas se verá pisoteada como las cucarachas; que si Oviedo se convertirá en ectoplasma; que si Fajardo se dedicará a la biología marina por su pasión por las ballenas.
Faltan cuatro días. El aire está denso. Por instinto de conservación es mejor no tocar el tema político. Muchísimos posibles votantes no han entendido de qué se trata la Gran Consulta y para qué sirve. Personalmente no sé si este “ejercicio consultorio” es bueno o malo, si sirve o confunde más.
Curioso que los dos extremos, izquierda y derecha —léase Abelardo y Cepeda—, no participen. Están sobraditos de lote y esperan, orondos, cuáles migajas se les unirán al banquete final.
También se especula de la trampa que se cocina. Petro no va a permitir que la derecha gane y los que le tienen terror a Cepeda también harán las acrobacias necesarias para que no suba al poder.
Personalmente, tanto Cepeda como Abelardo me parecen peligrosos para esta frágil, tambaleante y desgastada democracia. En un país tan violento como lo describe Gustavo Álvarez Gardeazabal en su último libro Prisionero de la Esperanza, no sería de extrañar que se volviera a desatar la antigua violencia, aún con más violencia. El resultado sería más y más sangre, como si no hubiéramos tenido bastante.
No sé por qué siento que estamos jugando con fuego, atizando rencores, prometiendo imposibles, comprando conciencias y aumentando todavía más la corrupción a cambio de prebendas.
Este domingo iré a misa y a irse. Todo está consumado. Ahora comienza la verdadera carrera de la jauría para ver quién llega a la meta final, al solio, a entrar por la puerta grande, si es que lo dejan, porque el que saldrá ese 7 de agosto por la puerta de chiqueros deja un país desbaratado, endeudado y asqueado.
Me pregunto, ya casi al final de mi camino, cuándo entenderemos que somos un país privilegiado: naturaleza, fuentes hídricas, recursos naturales, dos océanos y espacio suficiente para que podamos vivir en paz. Retomar valores perdidos como la honestidad, el respeto mutuo, la solidaridad y la amabilidad. Suena a utopía, pero se puede si nos unimos.
“Una mano más una mano no son dos manos, son manos unidas. Une tu mano a nuestras manos para que el mundo no esté en pocas manos, sino en todas las manos” (Gonzalo Arango).