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Kafka se quedó corto

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Aura Lucía Mera
17 de marzo de 2026 - 05:05 a. m.
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“Creí que era una pesadilla. Pero abrí los ojos y Abelardo y Cepeda seguían allí”.

Cuando leí La metamorfosis por primera vez, la vida no me había atropellado o yo no la había atropellado a ella. Me pareció un poco confuso. No entendí la metáfora, no capté las múltiples lecturas que contiene la obra, escrita unos años antes de que su autor muriera de tuberculosis a los cuarenta años. Tampoco sabía que sus otros relatos, cuentos y apuntes personales quedarían sin editar, y que desde su agonía él le pediría a su amigo Max Brod que los quemara.

Tres novelas, decenas de narraciones, su extenso diario, aforismos y una copiosa correspondencia lo consagraron como el escritor que mejor expresó la esencia del siglo XX. Su amigo desobedeció.

Nació en Praga. Conocí su casa y su tumba, lugares sagrados y de obligatoria visita, envueltos en un silencio pesado y reverencial. El término kafkiano se convirtió en un adjetivo universal para describir situaciones extremas que se salen de cualquier contexto normal para convertirse en experiencias infernales, de pesadilla.

Jamás pensé vivirlo en carne propia. Educada por monjas durante dieciocho años, sin decir malas palabras, viajando por Europa aprendiendo arte y literatura, destinada a ser una buena ama de casa, madre amorosa y feliz en sus labores domésticas.

Todo sucedió al revés. Matrimonio fracasado. Un concordato que me quitó la custodia de mis dos hijos hombres. Huida al Ecuador enamorada de un ser humano maravilloso, mucho mayor, con el que jamás me casé, y todo terminó abruptamente con su suicidio.

Un doce de octubre. De pronto me vi encerrada en una cárcel, en la celda de los delincuentes comunes. Se hablaba del “finado” y de que posiblemente yo lo había mandado a asesinar. Rescatada al día siguiente, al atardecer, por un amigo del alma que voló de Quito a Guayaquil. El cadáver ya no estaba. Lo estaban velando en otra casa que no era la nuestra. Su entierro fue a los tres días en las faldas del volcán Cayambe. Se robaron su cuerpo. No sé quién ni adónde fue a parar. Tal vez el cura lo desenterró porque era un suicida. Tal vez un hermano lo metió en un avión y voló hasta España. Su hijo escribió un libro en el que me acusa de asesinarlo y sostiene que “se escucharon dos tiros” y que yo no estaba en la plaza de toros. Guayaquil me dedicó la página roja en sus titulares de prensa.

Entendí y viví lo kafkiano. No creo ser la única persona que lo ha vivido. En un instante la vida se voltea patas arriba y todo cambia. El milagro es que poco a poco la misma vida, con sus amaneceres y atardeceres, con sus lunas y soles, vuelve a aparecer.

Releo La metamorfosis. Ese terror ante un cambio inesperado. Esa soledad. Ese dolor no compartido de Gregorio Samsa, que amaneció convertido en escarabajo. Era él, pero ya no era reconocido por su familia ni por nadie. Producía miedo, y el miedo despierta la violencia. Su madre se desmaya. Su hermana lo alimenta cada vez menos cuando se atreve a entrar a la habitación. Su padre lo odia hasta herirlo de muerte. Hasta que muere y es barrido con una escoba hasta el basurero.

Lo estamos viviendo día a día. Los emigrantes rechazados. El Mediterráneo convertido en cementerio de náufragos que buscan una vida más digna. Los niños de Gaza condenados al hambre y la orfandad, sin sitio en el mundo. Las bombas que caen sobre las escuelas y hospitales.

La paranoia mundial de ver “escarabajos” en todas partes y tratar de desaparecerlos como sea. Adultos mayores que tiran a las calles. Ancianatos donde sus habitantes jamás reciben visitas ni caricias. Ya no son los mismos. No caminan, no tienen dientes, no recuerdan. Dan miedo. Así estamos y así vivimos: rodeados de escarabajos que no queremos ver.

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Manuel Clavijo Medina(75625)Hace 34 minutos
Qué descripción del hoy, tan real y patética. Gracias por tan excelente columna. Faltó aterrizarla en Colombia, pero algo tendremos que imaginar, aunque, como todo está servido, resulta un trabajo muy fácil.
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