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“...y preciso me vino a tocar a mí”; (Dicho popular).
Me llama la atención que escritores tan renombrados como Emmanuel Carrère, en su último libro Yoga, admita en una entrevista que “se pasó de raya y transgredió límites” al referirse a su madre: “Su mala fe era proverbial y tenía muchos defectos. Mentía a toda hora, aunque admito que había grandeza en ella”.
Lo mismo Arundhati Roy, presente en el Hay Festival con Mi refugio y mi tormenta, autobiográfico, sobre las relaciones tan conflictivas con su mamá, que la obligaron a irse de su casa a los dieciocho años para no volver más, sino hasta su entierro, hecho que curiosamente la afectó tremendamente: “Dejé a mi madre no porque no la amara, sino para poder seguir amándola”.
No es el primer libro ni será el último sobre este tema. La relación madre-hijo(a), o viceversa, es conflictiva y contradictoria. No existen las madres perfectas ni ese instinto maternal tan usado por las vallas publicitarias de la leche Klim. Muchas sufren depresión posparto.
Mi relación con mi mamá fue curiosa. Ella tenía su vida propia: montaba a caballo, era Dama Gris de la Cruz Roja, jugaba bridge, era adicta a la lectura y periodista. Aunque siempre nos organizaba las mejores fiestas de cumpleaños, no era de muchos abrazos ni carantoñas; no tejía ni cocinaba. Dirigía todo como el director de orquesta que, con su batuta y desde su atril, coordina cada movimiento. La conocí realmente a través de sus cartas cuando me fui a Europa por dos años. Qué maravilla de mujer. Todavía guardo sus cartas como un tesoro. Desde entonces fue mi mejor amiga, confidente y compañera del viaje de la vida, y sigue presente, aunque hace años cambió de dimensión.
Existen madres chupadoras, Electras que impiden a sus hijos volar; madres tóxicas, madres resentidas con la vida, madres incapaces de divorciarse de hombres maltratadores o promiscuos, que se instalan en el inodoro de la autocompasión. Víctimas ellas, amargadas, haciendo la existencia de sus hijos un tormento, obligándolos al papel de pararrayos. Madres celosas de sus yernos o nueras, madres insoportables, madres beatas del rosario diario que ven todo como pecado. De todo, como en botica.
Reconozco que durante mis años de adicción fui una madre ausente, no por falta de amor hacia mis hijos, sino porque yo vivía en otro mundo. Jamás fui a una reunión de padres de familia ni ayudé a corregir tareas. Íbamos de paseo, nos reíamos, pero la relación se deterioró hasta el punto de que se fueron a vivir con su papá. Ya en recuperación y gracias a unas terapias familiares feroces, logramos una relación fantástica, basada en la confianza, la honestidad y el diálogo, hasta el día de hoy. Mis nietos nunca me han visto beber ni drogarme; esa ha sido mi recompensa más grande.
Ojalá todas las mamás y sus hijos pudieran mantener una buena relación, basada en amor y respeto. Desafortunadamente, no es así, y muchas veces la violencia intrafamiliar se origina de madres a hijas. No siempre es el hombre el maltratador, el borracho que agrede. Las mamás pueden ser peores, sin utilizar látigos ni correas. La acritud o las palabras pueden ser más hirientes y destructivas. Mirémonos hacia adentro a ver cómo andamos de relaciones. Nunca es tarde para componer el camino.
Madre solo hay una, y me vino a tocar a mí.
