“El día que la mataron Rosita estaba de suerte. De tres tiros que le dieron solo uno era de muerte. La casa era colorada y estaba recién pintada; con la sangre de Rosita le dieron otra pasada”. “Así te quería yo ver, en una puerta parada, con la bata hecha girones, sin dientes y embarazada”. “La india me ha dejado, no volverá a la choza. Vaya dándome un trago, señora María Rosa”.
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“Estaba teniendo cuatro la muy indigna, cinco conmigo, seis con el desgraciado de su marido, siete con otro, con un viejo del pueblo eran los ocho, nueve tenía y diez con el sargento de policía”. “Quítese de aquí, mi padre, que estoy más bravo que un león; no vaya a sacar la espada y le parta el corazón”. “¿De quién es ese caballo? ¿De quién es ese reloj? ¿De quién son esas pistolas? ¿Quién en mi cama durmió?” “En el tren de la ausencia me voy. Mi billete no tiene regreso. No volveré, te lo digo llorando de rabia”.
El trágico accidente de Yeison en su avioneta me llevó a la música del despecho, esas rancheras machistas mexicanas cuyo origen fueron los juglares del medioevo, en los que se cantaban historias. Ya el Romancero Español tiene unas de antología.
Estaba en Manizales en una tarde de toros y una pareja joven sentada a mi lado asistía por primera vez a una corrida. De pronto estallaron en lágrimas por la muerte de Yeison. Jamás lo había escuchado. Supe que era un joven hecho a pulso y ya famoso.
Recordé algunas rancheras, de esas bien machistas. Me fascinaban y, si se acompañaban con aguardiente, pues mejor: llanto a moco tendido. Mi casita de Bogotá fue testigo de muchas lágrimas, amores perdidos, desamores, fracasos y tusas. En mi condición de casada, anulada, vuelta a casar y viuda a los treinta y un años, pues ya de por sí mi historia era un corrido con todas las de la ley, y el despecho se instalaba frecuentemente en el alma. Por buscar compañía y amor saltaba de fracaso en fracaso.
La verdad, jamás logré volver a tener una pareja estable. Repetía el guion una y otra vez: seducción, enamoramiento y destrucción. Después de años de terapia, cuando aprendí a ser amiga mía, caí en cuenta de que no necesito pareja. No entiendo la vida en común: la cama, el baño, los planes, los horarios, la codependencia, la sumisión o como se llame. Me gusta vivir sola, lo acepto. Tal vez las experiencias más significativas y sus tremendos finales me marcaron. No quiero filosofar. Eso es lo que hay.
Doy gracias a Dios, como yo lo concibo, por tener cuatro hijos fantásticos y ocho nietos que amo incondicionalmente. Ojalá la vida me dé la oportunidad de conocer algún bisnieto y, si no, pues lo atisbaré desde una nueva dimensión. He recorrido un camino largo, complejo, interesante y original. Un camino fiel a mí misma, a contrapelo de muchas normas. Y como diría Edith Piaf, el ruiseñor de París: “Je ne regrette rien”.
Vuelvo a las rancheras. Describen la vida. Muchas son causa de feminicidios, porque la mujer es siempre la mala del paseo: la barragana, la infiel, la mentirosa, la encarnación del mal. Eva fue el modelo, y entre que a Adán le parecía bobo y le gustaban más la manzana y la serpiente, pues pasó lo que pasó.
No sé de ninguna música del despecho en la que la mujer sea la asesina. Siempre la sangre la pone ella, como a Rosita el día que la mataron: estaba de suerte; de tres tiros que le dieron, solo uno era de muerte.
P. D. La Iglesia Católica es la madre de todas las rancheras. Si el hombre mata es “por ira e intenso dolor”; si la mujer falla es “adúltera” y merece excomunión.
P. P. D. Conocí en la cárcel de mujeres de Jamundí, escribiendo un reportaje, a una mujer mayor, orgullosa de estar encanada por haber matado al marido: “Se lo merecía”. “Aquí me quedo el resto de la vida, sin pagar alojamiento ni alimentación. Tengo zonas verdes. Nunca he estado mejor”.