Es probable (si la tierra sobrevive a la crueldad humana) que, dentro de un siglo, los seres que habiten Colombia cuenten que a principios del siglo XXI en este país inició una revolución que en otros países de otros continentes había sido un siglo atrás. Y no me refiero a la conmoción ciudadana que han generado la consolidación de un líder político como Gustavo Petro y el ascenso de Francia Márquez por encima de politiqueros con el poder económico para comprar la conciencia política de miles de ciudadanos. No. Estos hechos (que no opiniones) son solo una muestra del movimiento que sufre a principios del siglo XXI nuestro país.
Las llamadas redes sociales (ese oportuno campo de batalla a través del cual es posible derramar menos sangre) han contribuido a que esto suceda. Son una eficaz arma ciudadana, luego son una eficaz arma política. Han contribuido, mediante el humor y la brevedad (para el caso de Twitter), a resignificar clichés, estereotipos y prejuicios. Twitter es la voz en off de la escena, la voz que puede gritar, imprecar, ofender, narrar sin que el personaje aparezca de cuerpo presente, aunque allí se halle, aunque sepamos quién es. Es un mundillo, como Facebook (FB), que le ha rapado adeptos a la televisión.
A principios de siglo Twitter, FB, Instagram y YouTube presentan en vivo la debacle de las costumbres y de los conservadores. Es posible ver cómo en regiones tan apartadas de todo (como La Mojana, territorio d el sur del departamento de Sucre en la costa Atlántica colombiana) se permite la desnutrición de reses, su agonía y luego el asesinato para el consumo. Esta infamia es narrada en directo gracias a FB: vemos temblar a la vaca, se oyen sus últimos estertores y, finalmente, la vaca muere para luego ser desollada y picada. Esa carne, esos huesos plenos de dolor y angustia son consumidos por los pobladores. Pero la sola transmisión de este hecho implica una denuncia, una nueva mirada hacia la inhumanidad del autonombrado ser humano.
Quienes no habían tenido voz (de manera lúcida o, a qué negarlo, de manera estúpida también) ahora la tienen. Como me hace caer en la cuenta el escritor Pedro Adrián Zuluaga, tenemos el privilegio de ver en directo la caída del patriarca, del dictadorzuelo mafioso, ya sea en su papel de loco del pueblo volanteando para salvar su negocio o ante las autoridades dando golpes de ciego para autoexonerarse.
No por madrugar más temprano Dios ayuda. En cambio, sí por estar vigilantes para que el fraude electoral no se burle del derecho a elegir a quien consideremos que es la mejor opción. Como es el hecho que hizo al Pacto Histórico constituirse como una de las mayores fuerzas electorales de principios del siglo XXI. A pesar del expresidente Uribe, quien confirma su inmenso parecido con Nicolás Maduro o Augusto Pinochet: se aferra al poder con armas, dinero y hasta intentos de golpe de Estado.