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24 Jan 2023 - 5:02 a. m.

Asesinar y morir

Terminé 2022 y lo que va de 2023 leyendo dos libros diferentes, pero iguales, porque ambos hablan de la muerte como eje central. Aquí no ha habido muertos, de María McFarland Sánchez-Moreno, que narra las masacres de El Aro y La Granja (Antioquia), y el papel que habría tenido la gobernación de Álvaro Uribe. Y Aún no se lo he dicho a mi jardín, de Pía Pera, sobre la degradación del cuerpo de la autora debido a una enfermedad degenerativa y su preocupación existencial por el abandono en el que dejará a su perro Macchia y al jardín que ha creado en Toscana, su lugar de residencia.

El libro de McFarland da cuenta de la muerte violenta, es decir, del asesinato. El asesino, la víctima (el asesinado) y la masacre son en él las maneras únicas de morir. La infamia de la violencia ocurrida en Colombia en las décadas de 1990 y 2000 es configurada para contar las vidas arriesgadas de tres hombres que fueron asesinados por hacer públicas las masacres y atrocidades cometidas por las fuerzas estatales, los paramilitares y el Gobierno colombiano en esas décadas, liderado por Ernesto Samper Pizano en la Presidencia y Álvaro Uribe Vélez en la Gobernación de Antioquia. La autora narra la aparición en 1982 del paramilitarismo en Antioquia y la estigmatización de todo ciudadano que optara por pertenecer a la izquierda colombiana. Tres personajes ejercieron con eficiencia y pasión su oficio de veedores del gobierno de Álvaro Uribe Vélez: el abogado Jesús María Valle, el fiscal Iván Velásquez (hoy ministro de Defensa) y el periodista Ricardo Calderón. Leer este libro de 405 páginas permite entender el inmenso poder del expresidente Álvaro Uribe y ratificar su tradición guerrerista cercana a la resolución de los conflictos a través del empleo del salvajismo y la ferocidad paramilitar. Permite también este libro periodístico, que leí como una novela policíaca, entender el ataque feroz de que está siendo víctima en la actualidad Iván Velásquez, porque en esas décadas fue uno de los que se atrevió a desmantelar la connivencia del Ejército del gobernador Uribe con los paramilitares que masacraron el 25 de octubre de 1997 a los habitantes de la vereda El Aro. Velásquez le creyó desde el primer momento al asesinado líder Jesús María Valle, quien murió por enfrentarse a la Cuarta Brigada y al gobernador Uribe Vélez: “Con el pretexto de actuar contra la guerrilla se ha golpeado a la población civil indefensa y se ha fortalecido el tráfico de drogas”, denunció Valle. Iván Velásquez, por su parte, con rigor y sin temor, supo desde entonces que los paramilitares representaban una amenaza existencial a la democracia del país y de su gente, y expuso su vida (como el periodista Ricardo Calderón) porque la ley llegara hasta el entramado de narcotráfico, corrupción y muerte que fue el nacimiento de la mal llamada ‘seguridad democrática’.

El libro de Pía Pera posee la belleza de tener como título un verso de Emily Dickinson: Aún no se lo he dicho a mi jardín. Es una novela, que es un ensayo autobiográfico, en el que la muerte es posible ser intelectualizada. No será un destino trágico como el narrado por McFarland, pues la muerte por asesinato parece irreversible en la historia de las gentes frágiles colombianas. En el libro de Pía Pera el asunto es dramático, entendiendo por dramático saber qué ocurrirá, pero que existe la esperanza de revertir la enfermedad en virtud de un tratamiento sanador (aunque en este caso no suceda). Hay en él la belleza del dolor. Las preocupaciones de la autora, que es el personaje de su historia, se centran en resistir al nuevo día para serle fiel a su jardín concebido como una resistencia al tiempo y un ideal de trascendencia. Así que cuando a la autora le diagnostican una enfermedad incurable asume la degradación de su cuerpo como si se fuera a transformar paulatinamente en una planta a la que le llegará su inmovilidad irremediable. Entonces el jardín es un espacio que anticipa la muerte, que es imaginada, reflexionada y entendida: “La jardinería es un acto de fe en el porvenir”, escribe Teodor Ceric, a quien la autora cita, porque los árboles necesitan años y años para alcanzar la plenitud de su belleza”. Así la vida que no es asesinada.

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