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La pandemia ha renovado la fórmula clásica para que cada uno ponga a salvo su vida. Me refiero al grito-conducta: ¡Sálvese quien pueda! Así ha ocurrido en los países pobres como Colombia. Países como el nuestro en el que hasta los llamados ricos son pobres. Porque hay una pobreza que mata de hambre, que hace que hoy, a un año de iniciada la pandemia exista en Colombia seis millones más de personas en la miseria; pero está también esa pobreza que desconoce la generosidad entre la cada vez más extinta clase media y que impide ver que no hay que esperar nada de los gobernantes, porque no hay manera de que legislen para el bien común. Sobre la expresión “bien común” cae la pátina del anacronismo. En los furiosos tiempos del neoliberalismo el bien común es una grosería, la amabilidad lo es también; y la generosidad es una palabra que integra lemas y eslóganes, pero no se escenifica en hechos concretos.
Hay también la pobreza de ciudadanos que eligen las cárceles de la maldad encarnada en la doble (o triple) moral. Veamos como es esto. El legado del expresidente Álvaro Uribe Vélez, por ejemplo, ha sido afianzar la costumbre desde hace veinte años de que la vida es solo posible si se vive en guerra y, en consecuencia, con miedo. Por ello, su discurso siempre ha sido obsceno (a pesar de la cara de cura antioqueño y de ese estratégico uso de adjetivos cuando se dirige a quien le pregunta: respetado, estimada, admirado,) en el sentido de ser vulgar y desconfiado. Porque que yo recuerde siempre ha tenido que dar explicaciones por muertos y negocios turbios propios y de sus familiares e inmediatos amigos y colaboradores.
Después de “Le voy a dar en la cara, marica” o “No estarían recogiendo café” o establecer la infame dicotomía entre “buenos muertos” (los colombianos a quien considera enemigos de sus fines) y “malos muertos”, porque esos sí eran sus amigos”; después de afirmar con frialdad sobre la necesidad de que existan las “masacres con sentido social”, no puede haber obscenidad mayor instalada en el imaginario colombiano. Ese es su legado y los 6402 crímenes durante sus dos gobiernos. Esta cifra (que puede aumentar de acuerdo a las investigaciones de la Justicia Especial para la Paz) no es un argumento de raciocinio, es un argumento de hecho, debo enfatizar. No hay un talante de estadista en el expresidente en cuestión, sino el accionar de un hombre que ha usado el poder político para alcanzar con su autoritarismo la riqueza que lo hace inmensamente pobre. Y obsceno.
Este país que ha soportado y padecido a Álvaro Uribe Vélez, que es, a su vez el empleado de los verdaderos ricos, presencia en el estertor del gobierno de Iván Duque (su hijo querido y no mandado a asesinar) cómo ante él se ha inclinado ese otro poder inmenso que son los medios de comunicación. No hay escape a la pobreza mental, al encierro, al claustro cerebral que impide a muchos periodistas diferenciar la obscenidad de gobernar (como es el caso de Iván Duque) sólo para defender a Álvaro Uribe, en lugar de responder o impedir las 169 masacres que durante estos dos años de gobierno han diseminado dolor y pobreza como si se tratara de una forma nefasta del progreso.
Obscena es la emigración de jóvenes hacia otros países porque éste (desindustrializado, pero militarizado hasta los tuétanos) no ofrece sino desesperanza. Eso sí es obsceno, pero no, no alcanza el intelecto para discernir esto. Entonces, en las acostumbradas cortinas de humo de los medios pagados, la obscena es la lucidez de una escritora como Carolina Sanín que entiende la necesidad del humor en un país gobernado por mamá santas y papás santos que se ofenden por versos procaces y salen a defender los impuestos, cuando el desgobierno de Iván Duque acaba de gastar una billonada en la compra de aviones de guerra. ¿No es la guerra la mayor obscenidad?
