¿Por qué la naturaleza de la mujer ha de ser tal que tenga que ser siempre un hombre el eje de su vida? Se preguntó la autora chilena María Luisa Bombal a quien la literatura latinoamericana le debe la certeza de que su novela “La amortajada” es el antecedente de textos (esos sí considerados clásicos) como “Pedro Páramo” de Juan Rulfo o el cuento “La tercera resignación” de Gabriel García Márquez. Ya escribiré sobre “La amortajada” en otra columna (o tal vez no, vaya una a saber). En fin, que en la columna del pasado martes escribí sobre esa suerte de estafa que es el amor romántico y el consecuente matrimonio que termina de sellar el fraude. El amor como una cárcel elegida al decir de Doris Lessing. Un invento patriarcal como la guerra, el racismo, la homofobia. Un invento que ha contribuido a inconmensurables lesiones tanto para hombres como para mujeres.
(Oprime aquí para leer la primera parte de “Del amor y del desamor”)
Pienso en muchas de ellas que lograron evadirlo. Sor Juan Inés de la Cruz, por ejemplo, que supo mucho antes que solamente un tipo de amor no te subyuga: el amor a Dios y al saber. Porque su Dios era el marido inasible con quien se casó para en realidad, realizar nupcias con ella misma, esto es, con su propia genialidad. Desde el siglo XVII ella se deshizo de los estragos del desamor en la concreción del amor ideal, porque ¿Cuándo te desampara o te abandona la lucidez? Creo que jamás, sólo en la hora de la vejez deteriorada y ello, en ocasiones es ineludible como la muerte.
Pienso en Alfonsina Storni, la argentina que nació en Sala Caprisca (Suiza)con su existencia dolorosamente amarga. Con su niñez en medio del olor a trago del padre, un comerciante que iba de fracaso en fracaso. Alfonsina habitando una vida itinerante primero como actriz, luego como oficiante de trabajos inimaginables para aquella mujer culta, pero madre soltera de un hombre casado, asunto catastrófico socialmente para el Buenos Aires de principios del siglo XX. Alfonsina que supo revertir la soledad y el desdén a través de una de las obras más honestas y feministas de Latinoamérica: Estuve en tu jaula, hombre pequeñito, /hombre pequeñito que jaula me das. /Digo pequeñito porque no me entiendes, /ni me entenderás. Dos de los mejores amigos de Alfonsina -Leopoldo Lugones y Horacio Quiroga- escogieron el camino del suicidio. Alfonsina, quien desde su niñez tuvo que hacerse cargo de su destino, también se atrevió a ser libre en el acto de abandonar la vida por decisión propia.
Pienso en Meira Delmar, absolutamente feliz con su eterna soltería. Casada con los libros, con las amigas y amigos en esa suerte de reivindicación de la amistad como un acto de amor que no subyuga, Meira Delmar casada con el arte de la conversación deliciosa. Cantándole al amor con el gozo que produce también la ingratitud y la despedida o la imposibilidad que es una forma de habitarlo. La poeta colombiana a quien se le fue un día-sin más allá y sin más acá- la luz de los ojos en medio de un recital siempre fue consciente de que ese embeleco patriarcal, arroja más sombras que luz: Canta la luz aire arribe/ como una alondra. /Y por la rama de su canto sube/ el mediodía. / Quieren los ojos seguirlo/pero no llegan. /Como el amor, el sol, / de tanto, ciega.