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Del amor y el desamor (I)

Beatriz Vanegas Athías

01 de marzo de 2021 - 10:00 p. m.

¿Para qué un amor si no se convierte en desamor? ¿Qué haríamos con el recuerdo? ¿A qué oscuro abismo iría la luz de un nuevo comienzo? Me he hecho estas preguntas a raíz del debate que se suscitó en Twitter (ese mundo inconmensurable que se cree infalible a punta de desaciertos y la entronización del ego) las opiniones (trinos) de la actriz y escritora Margarita Rosa de Francisco con respecto a banalidad y vacuidad del matrimonio. No es prioridad de esta columna entrar en contienda si Margarita Rosa tiene o no la autoridad teórica e intelectual para opinar sobre el feminismo desde sus construcciones vitales y, claro que sí, desde la formación intelectual a la que se ha acercado con todas las dudas, pero igual, con la responsabilidad y mesura del que duda siempre para huirle al dogma.

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En fin: pienso que hay una forma de ser feminista que muy probablemente no está sustentada en sendas citas y conocimientos de autoras comprometidas. Y esta forma son los hechos realizados por la mujer (mujeres) que sin saber sobre esta lucha han ejercido su ciudadanía en resonancia con las reivindicaciones que consideran justas para un mundo menos anacrónico e infame. Es mi caso. Me aferro, es cierto, a Rosario Castellanos, a Simone de Beauvoir, a Cristina Peri Rossi, a Sor Juana Inés de la Cruz, a María Zambrano, a Flora Tristán… Pero igualmente a mujeres como Florence Thomas, Isabel Cristina Zuleta, Francia Márquez, Soraya Bayuelo, Andrea Padilla o Emilia Herrera “La niña Emilia”.

Del primer grupo se conoce mucho, aunque no sea una práctica generalizada leerlas en contexto. Sobre el segundo grupo (todas colombianas) se está escribiendo la historia de cada una a través de los actos que realizan sin alzar ninguna bandera feminista (excepto Florence Thomas). Y es aquí cuando el feminismo debería considerar (discúlpenme si se ha hecho y lo desconozco) que cuidar los cuerpos de agua, los árboles, las especies; cuidar a los pueblerinos y campesinos del territorio ante un enemigo tan poderoso como este gobierno infame de Iván Duque; cuidar no desde consignas en redes a los animales como seres que sienten y que hemos masacrado a lo largo del tiempo que hemos habitado la Tierra; dejar las prácticas homofóbicas que tanto daño han hecho al interior de las familias colombianas; son también reivindicaciones que hacen parte de un ser (hombre o mujer) que se dice feminista.

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De tal manera que el paso que ha dado Margarita Rosa de Francisco de ser una actriz que nos hizo felices, en esa suerte de felicidad que constituye el sueño del amor romántico a través de una telenovela, a ser ahora una mujer osada y cauta en opiniones que contradicen el modelo de vida al que ella perteneció y nos vendió; es sin duda, un acto de feminismo que habría que analizar con más detenimiento y menos apasionamientos. Porque su vida (como personaje público y que hace parte de la historia de la televisión colombiana y latinoamericana) no es cualquier vida. Decir del matrimonio que: “El matrimonio es uno de los pilares del patriarcado. Y esa locura de convertirlo en sacramento, y esa angustia de la soltería, y ese “encimado” de amor que nada tiene que ver con ese contrato ruin, y ese haberme casado dos veces. La próxima me caso al escondido. A escondidas de mí misma”. Es empezar a deconstruir los ríos estancados de relaciones que habría que parar a tiempo. Los ríos, siempre que no los asesinen como al Cauca, fluyen, corren. El amor se acaba, se transforma o se pudre, y si está concertado a través de figuras sociales-religiosas como el matrimonio se parece mucho a esos contratos laborales que prometen una jubilación y luego te deja envilecido sin sueños y sin plata.

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