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El asesino, el desplazado y la masacre (II)

Beatriz Vanegas Athías

12 de abril de 2021 - 10:00 p. m.

En 2007 Arango Editores publicó un libro de poemas de Mario Rivero: “La balada de los pájaros”. El poeta Héctor Rojas Herazo escribió en los dos párrafos que componen la presentación del libro: “Es un poema no inspirado sino padecido. El ímpetu exprime el nombre de cada víctima sin nombrar a ninguna. Es, en suma, un poema que nos entrega el sufrimiento de un país cada día alimentado por el horror de ver convertidas las variantes del crimen en una atónita normalidad”.

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(Oprima aquí para leer El asesino, el desplazado y la masacre (I))

La balada de los pájaros es un poema extenso que recoge en 595 versos eventos posteriores al inicio de las guerras civiles del siglo XIX; la violencia liberal de 1930; la violencia de los 50 y el surgimiento y consolidación del movimiento guerrillero (1960- 1970) y el paramilitarismo surgido en los 90 como brazo del narcotráfico. El poeta Rivero dijo sobre su texto que no era “(…) un discurso literario, sino el texto vivencial del testigo, que resulta la intrahistoria de un país despedazado”.

Cuando la poesía se vuelve crónica, como en este poema de Mario Rivero, sucede que se convierte en un testimonio estético de la historia. Sucede también que entrega, a quien puede leerla, versiones diversas y no absolutas de los hechos. Versiones que provienen del detalle, de los hechos en apariencia intrascendentes y de los actos considerados nimios por la historia oficial. Y más, de una historia como la nuestra que desde hace 20 años (y más) es ocultada o en la mejor de las situaciones, tergiversada.

La poesía como memoria de la masacre que es el hilo temático de “La balada de los pájaros” hace posible entonces acceder un poco a las entrañas de la infamia ocultada que suele ser el discurso histórico de la guerra en Colombia. Al leerla, es posible entonces que prevalezca el recuerdo –memoria- sobre la ignorancia –olvido-. Es la poesía quien se erige como un arte que sostiene la memoria. ¿Para qué? Puede ser para que no se repita la infamia, o para dejar una huella de lo trágico que fuimos o para evidenciar que la poesía también es un oráculo que vaticina el círculo tedioso del que no salen países como Colombia.

Juan Manuel Roca y María Mercedes Carranza al recomponer al asesino nombrándolo en el poema; Héctor Rojas Herazo al configurar al desplazado y Mario Rivero al narrar la masacre alcanzan la vastedad de un ideal, un deber-ser del poema que transforma la voz del poeta en el canto de los dolientes y representan con tono dantesco la aparición del genocidio o, en versión colombiana, la masacre. Recorre este poetizar la violencia que se solaza con los campos y troca todo asunto cotidiano en amenaza: No el viento primeramente conocido/ -el que sopla los perfumes penetrantes/ de las hierbas-/ El otro viento que lo aventaría todo/ de aquí para allá/ El que batió con inasible melancolía /contra los harapos / de los que quedaron rodando por los campos / como las banderas de la Casa en ruinas (…) Vemos que Mario Rivero nos ofrece la transformación del viento que no siempre es el mismo: antes era portador de aromas-perfumes penetrantes- y por acción de la muerte ahora sopla sobre las ruinas de la vida.

La belleza de esta poética que confronta a los discursos eufemísticos tan popularizados por politiqueros verdugos y medios de comunicación cómplices no deja, sin embargo, de cuestionar al idioma porque parece no alcanzar para decir la dimensión de la masacre: el idioma se torna oscuro para describir todo aquello, porque precisamente todo aquello era la barbarie: Cadáveres suspendidos de árboles/ Incinerados / o degollados a machete/ los cuerpos sin cabeza /arracimados bocabajo humillados/ en la uniforme suerte/ el destino común/.

El lenguaje poético de Mario Rivero en “La balada de los pájaros” es descarnado y escueto porque tanto el logos como la emoción están heridos y hasta el lenguaje se desangra.

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