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Así se llamaba en mi infancia calurosa al pesebre. El acto de nacer se convertía en el pueblecito de mi infancia, en un sustantivo, es decir, a las figuritas que escenificaban el nacimiento de Jesús, como el niño Jesús, la virgen María, José, los tres reyes magos, la estrella de Belén, la mula y el buey y otros animales, como ovejas y cabras se les llamaba “el nacimiento”, en lugar de “el pesebre”. Los había de todos los tamaños y de gran variedad de materiales para su elaboración. El tamaño y el material determinaban del nivel de riqueza o pobreza material del dueño. Recuerdo el nacimiento de tamaño gigantesco de la señora Eline Sampayo, vecina y amiga de mi madre. Aquel nacimiento era similar al que se exponía en la iglesia: el gran templo construido a finales del siglo XIX y único lugar en el que la historia llamada universal, se hacía presente con su arquitectura en esas lejanías tropicales.
Con la llegada de la navidad todos queríamos tener un nacimiento. Mi madre me compró uno de caucho, pequeñito. Poníamos dos cajas de tomate en cruz y las forrábamos con pliegos de papel para envolver regalos (en ese entonces decíamos “papel de regalo”). En una matera plástica plantábamos un árbol seco que forrábamos con algodón, guirnaldas y bolitas amarillas y rojas. Aquel árbol reseco era mucho más grande que el nacimiento. No alcanzaba los diez centímetros en comparación con el árbol. Yo veía en aquella época el programa Tierra de gigantes y me tranquilizaba imaginar un mundo como aquel en la esquina de mi casa.
A Santa Claus se le llamaba Papá Noel y como no tomábamos Coca Cola no sabíamos de su existencia. En cambio, si era un misterio el niño Dios. Él nos traía los regalos. Quise saber cómo hacía un niño recién nacido para caminar, sin haber tenido tiempo de gatear y entrar hasta el cuarto a dejarme el juego de té, la muñeca de pelo que lloraba, la neverita, el juego de sala…Quise saberlo porque durante la novena oía que María ya no podía más con la barriga y José desesperado tuvo que albergarla en un pesebre. Duro nacer en un pesebre -pensaba- porque sabía por los amigos de mi madre venidos de los corregimientos a comprar a su tienda, que una pesebrera era un lugar de la finca destinado a la alimentación de los animales. Algunos eran de madera o de barro o eran una obra de albañilería. Pero tenía claro que el de José y María era de madera y era entendible entonces que ellos invadieran la tranquilidad de la mula y del buey para guarecerse. Sin embargo, seguía siendo un misterio la entrada a mi casa de ese niño recién nacido. Por eso me quedaba hasta casi media noche porque el cuento era que nacía a las doce.
Nunca me pillé al niño Dios porque el sueño me vencía. Se hablaba de niños que sí lo habían descubierto y con ello hallaron el fin de su infancia. Ahora que no tengo un niño Dios que me traiga regalos y que me mantenga en vilo para descubrirlo, pienso que la llegada de estas fiestas y sus rituales me llena de miedo porque son la constatación de las ausencias; y no sólo de las ausencias de personas, si no de la del misterio, del enigma, de ese estado que nos hace nacer una y otra vez.
Las Navidades pueden ser tenebrosas porque son la constatación de lo perdido. En estos días me descubro pensando en los regalos que no daré, en el niño Dios que no vendrá y en la necesidad de convertir ese nacimiento que era un objeto, un sustantivo, en el verbo nacer o mejor renacer a otros itinerarios, a otros recuerdos, a otros seres, sin olvidar nunca dónde nací.
