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Emigrar al país equivocado

Beatriz Vanegas Athías

16 de noviembre de 2020 - 10:00 p. m.

Donde menos esperas brota un venezolano joven, una venezolana con un niño acaballado en su cintura y dos que la siguen cargando morrales y ojos que miran sin dirección o con la certeza de que la noche llegará obsesiva como un espacio baldío sin buenos augurios. Se diría que son cadáveres indecisos. Están, como dije arriba, en todos lados. Al principio de la pandemia se evaporaron, pero se sentían sus pasos y su respiración bajo los puentes y en las terrazas y los parques deshabitados. En esta misma columna denuncié cómo surgió un grupo paramilitar en Floridablanca que, machete en mano, los perseguía y propinaba sendos planazos.

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Están en los llamados Fruver (herederos de los almacenes de cadena y verdugos de las tiendas de barrio) y son amables, eficientes, aguantadores. Allí trabajan por una paga menor al salario mínimo colombiano (que ya es una infamia) durante doce horas al día, sin derechos laborales ni protección para su salud. La vida en Colombia les ha ofrecido imprevistas derivas porque se trata de un país regido por una política de muerte y de desamparo para el pequeño y mediano empresario que meses atrás del inicio de la pandemia pudo socorrerlos a medias.

Muchos hoy están como al principio y peor: endeudados con el gota a gota que es una suerte de sicario que sólo persigue el fin de recuperar con intereses exacerbados el dinero que prestó con falsa amabilidad. Sé de mujeres venezolanas emigrantes en soledad cuyos maridos se quedaron en la Venezuela del dictador Maduro, mujeres cargadas de dos y tres hijos que soportan la humillación de maridos colombianos que las ultrajan y prostituyen.

Vinieron buscando un mar y ante sus ojos se despliega un fatal desierto. Peor que aquel que abandonaron. Emigraron al país equivocado. Porque arribaron a un país quebrado por la avaricia y la mezquindad del dictadorzuelo Uribe. Un país que, como el de ellos, tampoco ofrece trabajo a sus profesionales; que despojó de la tierra al campesino y sólo reactiva la economía para que los grandes industriales y banqueros los sostengan en el poder. Un país que olvidó (y aunque lo recuerde, nada o muy poco hace) que en los setenta, ochenta y noventa, el sueño venezolano sostuvo a millones de colombianos que huían de un país siempre inviable y mafioso.

Ante una política de muerte como la que rige día a día a los colombianos, a los vecinos venezolanos les resta como única posibilidad encontrar el amparo individual y colectivo entre sí; hallar oportunidades en seres solidarios y no en una política de solidaridad y humanidad inimaginable. Como nos ha tocado también a los colombianos cuando el principal enemigo no es la pandemia, sino el Estado mismo.

COLETILLA: Quebrados están “Dulces Tulita”, una microempresa de dulces de Piedecuesta, Santander, sin embargo les siguen cobrando servicios como local comercial: tenía 23 años de existencia. Después de 55 años de trabajo cerró el almacén “Leo”, situado cerca al tradicional parque San Pío en Bucaramanga, capital de Santander. Dos familias quebradas equivalen a dos historias truncas y dos dolores más que acumula este país.

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