Más allá de la casualidad, le doy crédito a la causalidad. Por ello, no es casual que el líder de la derecha colombiana, el senador Uribe, se declare en resistencia civil. No es casual, digo, ahora que se revivió el empalamiento que llevó a la muerte hace cuatro años, a la bogotana de 35 años, Rosa Elvira Cely.
La resistencia civil del senador del Centro Democrático es un llamado a que la guerra continúe, porque la guerra sustenta el discurso de la seguridad democrática. Desaparecidas las Farc, enemigo evidente (porque el paramilitarismo es la hidra de Lerna: por cada banda que cae, surgen dos) el proyecto político belicoso tambalea.
Resulta entonces complicado, armar a agentes anexos al Estado, si no hay un argumento demoledor para expropiar a campesinos que supuestamente son cómplices de la guerrilla.
El empalamiento es una práctica feroz que en Colombia es propia de guerrilleros y paramilitares contra la mujer y los homosexuales. Es frecuente y casi un ritual macabro, en las llamadas limpiezas sociales y masacres hechas por estos ejércitos privados a la orden de terratenientes y caciques políticos. Recordemos que, de hecho, se ha aplicado en Colombia desde los inicios de la violencia conservadora a mediados de los cuarenta. Tiempos de chulavitas, pájaros o paramilitares. La semántica cambia de acuerdo al aumento de la sevicia. Recordemos a la joven de 18 años Neivis Arrieta que en la masacre de El Salado, en los Montes de María, en el 2000, fue empalada al ser acusada de amante de un guerrillero de las FARC-EP.
Hacerle caso a este llamado desesperado de Álvaro Uribe, a este grito de guerra que es la resistencia civil, es correr el riesgo de padecer un empalamiento, así metafórico, como literal. Porque se trata de la voz de un político que si bien, goza aún de cierto prestigio; también es cierto que su voz está enrarecida por un historial que en un país decente, ya habría sido debidamente judicializado (por mucho menos está cayendo la presidenta de Brasil). Un político que lo único que mantiene a su lado, son huestes obnubiladas y enceguecidas por el odio y por la inconveniencia (económica y política) que resultaría habitar un país en el que el próximo enemigo a derrotar, sea la corrupción.
Rosa Elvira Cely ha sido empalada en dos ocasiones: a las cuatro de la mañana del veinticuatro de mayo de 2012 y el pasado trece de abril. Ambos actos son propios de un país en guerra. Los países en guerra no legislan con perspectiva de género; los países en guerra consideran a la mujer un objeto de usar y botar.
Brindarnos la posibilidad de un país sin empalamientos reales y simbólicos es negar la posibilidad a que se afiancen discursos belicosos y cruentos como el de la llamada resistencia civil. No nos dejemos empalar.