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La guerra es la paz

Beatriz Vanegas Athías

20 de septiembre de 2022 - 12:00 a. m.

Por fortuna la vida no sólo ocurre en Twitter; por fortuna Twitter es sólo un teatro macabro del que a veces es imposible escapar a sitios en los que son posibles la risa, la imaginación, la razón y el abrazo. Allí en ese espacio donde ocurre esa otra violencia viral que impide el argumento creativo y fundado ha resucitado el reino creado por George Orwell en el que todo está trastocado. En consecuencia, es el escenario para “trinar” (se ha vilipendiado el canto de los pájaros) discursos de los políticos y de los que piensan obviedades o de la infamia vuelta verdad.

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Para la derecha colombiana que ha ostentado el poder por más de veinte años a través de una política de clara exclusión, corruptela y genocidios, este es el escenario óptimo; para ellos, tan acostumbrados al no argumento. Una tenue (pero, ¡cuidado!, neurótica oposición) no disimula el desespero porque los tiempos que transcurren el poder está en manos de la izquierda progresista, y es desde Twitter donde se torpedea el trabajo de un gobierno que, mientras escribo esta columna, completa solo 39 días de ejercicio.

Es posible entonces leer párrafos neuróticos como el siguiente, trinados por personajes del más rancio conservatismo como Enrique Gómez, excandidato presidencial que a duras penas alcanzó doscientos mil y pico de votos: “Si lo permitimos, a Petro le llevará menos tiempo acabar con Colombia de lo que tardó Hugo Chávez con Venezuela. Todo está en nuestra capacidad de hacer política en primera persona”. ¿Acaso esa política en primera persona no es la que tiene sumida al país en un proyecto de nación hecha a la medida de un político guerrero y corporativista como Álvaro Uribe? La absurda paradoja de este llamado deja ver cómo la violencia se esconde pudorosa, cómo continúa ejerciéndose, aunque no se exponga públicamente.

Twitter y el desespero de la derecha y de cierta prensa que no se ruboriza ante la ignorancia del significado de términos como vivir sabroso, decrecimiento, paz total. He vivido más allá de Twitter y sé que no es utopía pretender la igualdad de oportunidades en un país en el que por cada treinta mil pesos gastados debemos pagar $4.900 de impuestos. He vivido más allá de Twitter para entender la urgente necesidad de implementar un modelo económico que propicie un desarrollo menos cruel con el ambiente que el consumismo capitalista (la pandemia debió enseñar esto). Y más allá de Twitter también he confirmado el deseo urgente de vivir en paz en regiones en las que se asesina por el sólo hecho de estar en el lugar equivocado para el victimario de turno, luego la paz total es una cuestión casi básica para millones de habitantes de Colombia que es, ante todo, rural. Casi básica, pero que los gobiernos han sido incapaces de proveer.

Pero no, hasta ahora, y con inquina y cero bonhomías, esas neuróticas figuras twitteras de la oposición y medios que hoy sí cuestionan con escarnio a ministros y presidente, descubren que este es el país de las masacres por el despojo de la tierra, del desempleo y del hambre. Como si ellos no hubieran sido los propiciadores de esas circunstancias.

No señores y señoras: el comunismo no odia la libertad porque el comunismo desapareció hace décadas. El feminismo no odia a la mujer porque si así fuera, cómo existiría el liderazgo de Paloma Valencia o de María Fernanda Cabal, quienes tal vez son odiadas, pero por el patriarcalismo de su líder que no les dio la oportunidad por ser mujeres y en cambio sí ungió a esa mala hora llamada Iván Duque Márquez. Y la guerra no es la paz.

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