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11 Jan 2022 - 5:00 a. m.

La tradición del dolor

Ocurría así en ese Caribe oscuro que posa de transparente. Pasada (o, mejor, extendida) la borrachera del 31 de diciembre, en el que se celebraba la vida del nuevo año a punta de disparos y pólvora, enero llegaba con sus cabañuelas aún borrachas para seguir viviendo a costa del dolor de muchos seres. Las cabañuelas, esa manera de leer el clima, de predecir las lluvias o los aguaceros de sol, se rendían ante la voluntariosa decisión de los mediocres gobernantes empeñados en seguir la parranda hasta mediados de enero. Y para ello había que fundar la corraleja que surgía del contubernio entre el gobierno municipal, los terratenientes (ganaderos) y los comerciantes de licor y gaseosa. Todo un mini-Estado corporativo alrededor del entablado construido con palcos para alquilar al pueblo raso ahíto de seguir borracho, desesperado por sentarse a ver cómo una manada de embriagados corrían detrás del asombrado animal que, además, entraba a la plaza amarrado por un cáñamo para mayor indefensión.

Pueblos como Majagual, Sucre, Guaranda y Achí, en La Mojana, como Sincelejo, Los Palmitos, Betulia y San Pedro, entre otros, en la sabana sucreña, no veían la hora (no ven) de acudir a esas fiestas que sucedían en escenarios donde la única norma era el desorden y el “déjame esta que yo sé lo que hago”. Días de toros que iniciaban a la una de la tarde y que se inauguraban con una mañana de cabalgata en la que los únicos felices eran los machos barrigones ataviados con camisas de cuadros, poncho al hombro, sombrero vueltiao o concho y la aguzante espuela para que el caballo caminara con paso fino o saltara e hiciera lucir la destreza del cruel jinete. Las mujeres también añoraban estar en la cabalgata, era su forma de emancipación o una oportunidad para cazar marido. Compadre, ron, caballo y mujer, en ese orden, constituían (constituyen) la concepción de la felicidad para el macho amo de la juerga y de la tierra.

Tardes de toros amenizadas con las bandas de música de viento (tres, distribuidas en la inmensa plaza de la corraleja) que competían hasta ver quién afinaba más, mientras abajo el toro por fin se liberaba del cáñamo y corría en círculos buscando una salida. En su carrera aporreaba borrachos que se escabullían por la parte inferior de las guaduas que eran las bases de la corraleja, allí donde quienes no tenían (o no querían, podía ser) se embriagaban en las cantinas que encarnaban pequeños infiernos de música a todo timbal. Cuando el toro se detenía acezante, de esas cantinas expulsaban palos, botellas, piedras y cuanto objeto podía zaherir al angustiado animal. Cobardía elevada a la categoría de diversión y picardía.

Y si aquello no era suficiente, estaban los garrocheros dispuestos a demostrar que con ellos sí saldría sangre: la garrocha perseguía al toro que, mermado, veía la posibilidad de liberarse del dolor hiriendo a quien se lo proporcionaba. Pero el jinete era inalcanzable, entonces era el caballo quien padecía la rabia del animal herido y se desplomaba, mientras los dos animales, toro y caballo, se liaban en una lucha por la supervivencia. El jinete en el piso se convertía en un pobre ser asustado que huía, en tanto las vísceras del miserable caballo se desparramaban por la plaza polvorienta y el toro continuaba su carrera buscando con quién seguir desahogándose. Desde los palcos se oían los gritos ante la escena de Brueghel y luego los aplausos porque: “¡Qué toros tan buenos los de esta tarde!”.

La muerte, la sangre, el ruido, el polvo, el dolor y la música envilecida eran (son) una forma de la felicidad en esa Costa donde nací. Entonces no lo sabía. Hoy pienso que esa manera de festejar la vida es lo que impide cuestionar el horror como una manifestación del mal sobrecogedora, escandalosa y excesiva.

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