Subir en bus es como ir a cine. Hoy cuando venía de mi casa a mi sitio de trabajo ocurrieron tres imágenes como cortos. El bus se detuvo ante un semáforo en rojo, entonces un rostro sonriente hizo que volteara. Una mujer joven de baja estatura, bonita, me sonreía con una felicidad que me decía: mire vecina, ahora trabajo en este salón de belleza, ya no vivo con el agresor de su vecino. Yo le sonreí con toda la cara y no me aguanté: por eso levanté la mano y le dije con el pulgar arriba que sí, que me gustaba y alegraba su contentura por esta su nueva vida.
Luego pasé el semáforo y allí estaba la anciana indigente tostada por los soles y aguaceros florideños que vive a la intemperie, entre un hogar geriátrico y la alcaldía, pero que nunca ha sido objeto de ningún programa de ayuda de la Alcaldía que dirigió el dizque alcalde más joven (pero godo) del país que después de desfalcarla, hoy aspira a la Cámara de representantes por Santander. Ella pide limosnas en aquel pretil elegante y remodelado una y otra vez y uno que otro burócrata le extiende una moneda.
Otro semáforo, pero esta vez pasamos rápido. Frente a un batallón de soldados había un tranconcito y pude ver el cuerpo joven y moreno, la cara maquillada para fingir más edad de una chica de dieciséis años a la que alguna vez regalé un libro en un colegio público que visité. Pude ver sus piernas casi desnudas, su blusa de tirantes y su afán por ver qué conseguía en aquel batallón plagado de soldados.
Subir en bus es como ir a cine en vivo y en retrospectiva porque ellas, me hicieron retroceder en el tiempo para traer desde la Mojana (que hoy, cuando escribo esta columna, nuevamente está inundada para beneplácito de los politiqueros uribistas que comercian con la desgracia) a Cristina que estaba casada con Juan Eliécer. Juancho era ebanista y borrachín. Así como él incumplía con la entrega de los juegos de comedor, las camas, los escaparates, así los clientes demoraban para pagarle. Entonces él mandaba a Cristina a cobrar por todo el pueblo. Y si ella regresaba sin las cuentas completas recibía una tanda que le impedía salir por tres o cuatro días. Pero Cristina nunca pensó siquiera en abandonarlo: se murió una mañana porque el aire no alcanzó a llegar a sus pulmones. A falta del afecto de Juan Eliécer, buenos eran los cigarrillos Malboro.
Pude recordar a Teresa, Edelfa y Carmencita que se pasaron la vida intentando tener un hijo --así no se casaran-- para no pasar la vejez solas. Tuvieron el hijo, que creció, las jodió y finalmente se fue. Y Teresa, Edelfa y Carmencita, pasaron la vejez sin disfrutar de la soledad porque se asumían abandonada. Antes de llegar a mi destino recordé a Gladys, ama de casa pulcrísima. Marido estático como una calcomanía. Hija mayor mujer, hijos menores hombres educados para no levantar un plato de la mesa, jamás tender la cama, parrandear cada fin de semana, tener hijos antes de los veinte. Tolerancia absoluta ante cualquier fracaso escolar, porque para eso estaba la mamá, la niña Gladys, y Ana María, la hermana mayor, quienes debían trabajar para que los niños fueran los doctores de la casa.
Recordé a Mariela, casada a los dieciocho años con un ingeniero veinte años mayor que ella. De él se rumoraba que visitaba la trastienda del turco Nilson, entretanto llenó de seis hijos a Mariel, para demostrar su hombría. Mariela cobraba su soledad y el desdén de Nilson, llenándose de lujos, comodidades y viajes. Pero nunca dejó a su ingeniero.
También traje a mi memoria a Francisca, la única que se sacó el clavo de las golpizas que le daba su esposo Agustín porque se atrevió a tener un hijo con Rafael. Todos en el pueblo sabían que ese hijo no era de Agustín, todos, menos Agustín. Y Francisca, cada vez que la golpeaba, miraba al niño y soltaba la carcajada.
Y a varias compañeras de mi primera universidad para quien el aborto era un asunto tan íntimo y sólo de incumbencia femenina (así lo habíamos visto en el pueblo) tal como la primera regla, un quiste en los ovarios, o una enfermedad genital.
He querido recordarlas hoy que es ocho de marzo y muchas colombianas, muchísimas, seguirán recibiendo flores para celebrar no sé qué.
COLETILLA: Este domingo 13 de marzo votaré al Senado por el Pacto Histórico para que mujeres como Isabel Cristina Zuleta, Catalina Pérez, Piedad Córdoba, María José Pizarro, Clara López, Aída Abella, Gloria Flores, Luz Marina Bernal, Martha Peralta legislen desde su ser femenino. Y desear que sea elegida también Andrea Padilla, útil y necesaria presencia defensora en el Senado para los sufridos animales.