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13 Sep 2022 - 5:00 a. m.

Los crímenes de Estado: un legado

Se dice: Iván Duque hoy expresidente de Colombia no gobernó ni para quienes lo eligieron. Y si hubo un departamento de Colombia que padeció esta realidad fue Sucre. Allá Uribe y Dios estaban al mismo nivel. Y Duque era el hijo de Álvaro Uribe. Y ni siquiera este hijo del adorado dios supo trabajar para que este abandonado departamento, víctima de todas las violencias, tuviera una entrada por fin a la modernidad. Sólo promesas y abandono que con el paso de los años se han convertido en una forma de tradición: la tradición de la vida indigna.

Tres problemas son claves de resolver en Sucre y más específicamente en La Mojana sucreña, subregión de ese departamento conformada por los municipios de Majagual, Sucre, Guaranda y Achí (Bolívar), situados en la ribera del río Cauca y cercanos a la Antioquia ribereña: alcanzar la tecnificación de la agricultura en esa tierra exageradamente fértil; intervenir el río para que las inundaciones no abonen aún más la miseria que crea el tercer gran problema: la violencia narcoparamilitar, representada en las bandas criminales y en el Clan del Golfo que actúa en alianza con la policía.

No pudieron Iván Duque, ni antes Álvaro Uribe, solucionar estos problemas. En cambio, sí se profundizaron y en esa política de muerte que era su discurso de guerra permitieron que esa región se convirtiera en un Oeste inmisericorde en el que se dispersaron las fronteras y principios filiales y de vecindad: ya no se sabe en quién confiar, si en el policía (antes amigo y hoy verdugo); en el amigo de toda la vida, hoy enfundado en su armamento, o en el bandido descarado que te cobra por protegerte.

Cuánta indefensión, que poco valor por la vida trajo esa política mal llamada de seguridad democrática que concibió a ese hijo cruel llamado crímenes de Estado que en el argot popular se nombra como falsos positivos. Iván Duque se despide de un país que fue incapaz de unir porque se dedicó a ignorar a las víctimas y a aupar a los victimarios a quienes tampoco protegió por mucho que se disfrazara de policía y los llamara héroes.

Nos heredó esa política de muerte que hace pocos días en Sucre fue noticia nacional. Hoy, mientras escribo esta columna, sé que por la muerte (el día 25 de julio) de tres jóvenes, Jesús David Díaz, de 18; José Carlos Arévalo, de 20 y Carlos Alberto Ibáñez de 26 años, quienes aparecieron muertos y con torturas ―sin manos, sin uñas, con varios disparos de arma de fuego―, suspendieron a ocho policías en Sucre. Degradante esa enemistad entre colombianos fundada por estos gobiernos guerreristas e incapaces de ofrecer soluciones que no sea asesinarse mutuamente.

Por ello, a diferencia de lo que cree mi admirada Carolina Sanín, no me parece grandilocuente ni banal el lema que resume uno de los ideales del presidente entrante Gustavo Petro. No es exagerado. Porque llevamos décadas siendo una trágica potencia mundial de la muerte. Es hora de empezar a imaginar mejores destinos y cuando se imagina ya se es, una potencia mundial de la vida.

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