O los sin casa, los sin tierra o los sin dónde posar los sueños, los galápagos o tortugas que llevan la casa en sus espaldas. Pienso en aquel cuento de Adela Turín llamado “Arturo y Clementina” en el que Clementina agobiada por el peso de los muebles que el posesivo Arturo le obsequiaba para calmar sus deseos de aventura, decide un día liberarse de aquella casa pesada y huir desnuda llevando dentro de sí sus sueños que eran su verdadera casa.
Ahora que se aproxima la navidad pienso en María y José buscando de pueblo en pueblo una posada. Qué bella palabra es esta: posada. Una posada, ese establecimiento pequeño y modesto que por lo general ofrece los servicios básicos. Su origen data de la época romana, cuando se empezaron a construir en los caminos que conectaban a las principales ciudades con el objetivo de hospedar a quienes iban de paso. Pero ni siquiera una posada encontraron los padres de Jesús que aun no había nacido. Sobre la embarazada y el padre atribulado pesaba una amenaza. Fue entonces un establo desvencijado y unos animales incomodados que vieron interrumpida su estancia ante la llegada de humanos entristecidos y cansados.
Desterrado de su primera casa fue Adán por desobedecer: “Estás castigado, Adán, castigado de hombre, / no puedes ni siquiera sollozar/ porque no tienes orilla para sentirte desterrado” dice el poeta Héctor Rojas Herazo y en esta sentencia poética es posible hallar la razón primera que hace que el hombre no tenga nunca una casa o que siempre se quiera ir o que sea siempre y eternamente arrojado: sólo por el hecho de ser hombre (o mujer) ya está castigado y el mayor castigo es deshabitar la casa ya porque ella lo encarcela; ya porque los Arturos, los Herodes o Dios mismo los arroja de ella.
Desplazamiento y casa son dos caras de la moneda de la vida en Colombia. Cuando la degradada patria se convierte en una “casa de espesas paredes coloniales/y un patio de azaleas muy decimonónico/hace varios siglos que se viene abajo”. Como escribe la poeta María Mercedes Carranza, surge la disyuntiva de irse o quedarse o de cargar la casa adentro, como es el caso de casi 8,1 millones de desplazados, desde 1985 hasta el 31 de diciembre de 2020 en el país.
Quienes desplazan (el colono, el hacendado, el paramilitar, el ejército) para obtener la casa (la tierra) del otro a sangre y fuego consigue que el desplazado deba imaginar su casa una y muchas veces, que la reconstruya con colchas de recuerdos para tejer ese gran tapiz de la memoria que podría ser la única y sostenible casa.